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La feria de los libros olvidados

La feria de los libros olvidados

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Los olvidados no son los libros de la feria, sino nosotros, que olvidándonos de ellos nos olvidamos de nosotros mismos. | JUAN CARLOS CARBAJO LARSEN Ampliar imagen Los olvidados no son los libros de la feria, sino nosotros, que olvidándonos de ellos nos olvidamos de nosotros mismos. | JUAN CARLOS CARBAJO LARSEN
| 22/10/2019 A A
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La feria de los libros olvidados
Literatura Por Bruno Marcos
Siempre me llamó la atención que existiera una feria de libros viejos, encontraba en ella una contradicción. La palabra feria fue desde niño para mí sinónimo de fiesta. ¿Feria o fiesta de libros viejos?, me preguntaba. Será más bien una reunión triste, me respondía, un funeral en torno a palabras fenecidas y a papeles yacentes a punto de desaparecer, una asamblea silenciosa y apenada de lo viejo y lo olvidado, de lo que fue un día hoja tersa de papel y tinta reciente impresa con historias, ideas y emociones, nacidas de escritores, dirigidas a lectores que estarán ya todos en los cementerios. No en vano en nuestra ciudad esta feria que se puede visitar estos días se programa normalmente para cuando el verano se apaga definitivamente y el otoño se enciende con sus oros marchitos. Por el día de ‘Todos los Santos’ los libreros de viejo, de por sí bastante ateridos todo el año, se quedan, como sus libros añejos, en sus casetas helados.

En ningún sitio se encuentran tantas personas raras como en las librerías de lance. En ellas los fantasmas de los escritores se esconden dentro de sus libros y los lectores, afantasmados también, los buscan para mantener encendidas no se sabe qué llamas para no se sabe qué nuevas generaciones que como ellos serán almas en pena. Cuando ponen las casetas de la feria parece que las tripas se les diesen la vuelta a las librovejerías y mostrasen de mala gana sus entrañas hechas de libros heridos por el paso del tiempo. Con los años los libros y nosotros vamos perdiendo cosas: letras que se borran, cabellos que se caen, páginas que se desprenden, dientes que se van… y vamos siendo todos, ellos y nosotros, un poco mutilados.

Tienen mucho de difuntos desenterrados estos libros añosos y últimamente les ponen una funda de plástico transparente cuya principal cualidad es que les da brillo. Un brillo falso, por supuesto. Estos del plástico suelen ser más caros pero si usted no sabe historia de la literatura y de la edición no encontrará nada en ellos que justifique el sobreprecio.

¿Cuántos de estos libros viejos, difuntos puestos medio en pie, mutilados, acabarán en la fosa común de la basura con el fantasma de su autor en su interior? Hay que ver cuánto andan los libros, cuando los damos por finiquitaos son capaces de volver al estante recuperados incluso del contenedor de desperdicios.

El año pasado tuve en esta feria mis más y mis menos por culpa de estos plásticos que les ponen a algunos para preservarlos. Había leído hacía poco lo del libro de Emilio Prados que estampó Manuel Altolaguirre en papel hecho con las camisas de soldados republicanos y nada más entrar en la feria de los libros olvidados allí estaba, de cuerpo presente, en la primera caseta, envuelto en plástico brillante. Tuve que pedir al librovejero de guardia abrirlo para convencerle y convencerme de que no era el de 1938 sino un facsímil. Me costó caro.

Este año me encontró excavando en los papeles de uno de los puestos el poeta José Luis Puerto cuyos libros, como avisando de que durarán mucho, ya aparecen por estas casetas. No le dejé marchar sin que me indicara algún hallazgo. Me llevó a ver dos primeras ediciones que las dejaba correr porque ya las tenía. Cuando se fue no pude menos que cotejar su precio en Internet y me fui a regatearlas. Una era la mítica antología de los poetas novísimos que en 1970 hiciera Castellet. La otra nada menos que ‘Palabra sobre palabra’ de Ángel González, quien aparece en la contraportada como nunca lo había visto: ojeroso, barbado, aún con pelo negro, ya con algunas canas y arrugas bien marcadas. Tenía entonces mi edad de ahora. Pero el hallazgo no fue ni la primera edición, ni el buen precio, ni la rara fotografía de la contraportada sino la poesía, volver a leer después de décadas un puñado de poemas puros, desnudos, de su primer libro, ‘Áspero mundo’, unas cuantas palabras intactas, como aquel poema en el que en apenas una cuartilla describe todo lo que debía haber pasado a lo largo de los tiempos para que él pudiera existir.

Los olvidados no son los libros de la feria, ni los autores que esperando callan en ellos, sino nosotros, que olvidándonos de ellos nos olvidamos de nosotros mismos.
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