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"La expresión justa sería la 'España abandonada' pero no vende"

"La expresión justa sería la 'España abandonada' pero no vende"

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Balouta, 1978. | JOSÉ MANUEL NAVIA Ampliar imagen Balouta, 1978. | JOSÉ MANUEL NAVIA
Fulgencio Fernández | 15/12/2019 A A
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"La expresión justa sería la 'España abandonada' pero no vende"
Historias de la despoblación José Manuel Navia es un filósofo que escribe fotografías, en las que aborda sus mundos, sus estudios, sus lecturas. Acaba de publicar ‘Alma tierra’, un libro y una exposición sobre la despoblación con León muy presente
Observa José Manuel Navia la foto más antigua de su exposición y libro ‘Alma Tierra’, hecha en Los Ancares leoneses en 1979, en Balouta y explica: «Aquí empezó todo, hace 40 años. Recorría los Ancares con Carmen, mi mujer, que estaba embarazada, con nuestro 127. Era verano y le hice a Rosalía esa foto, trabajando en las faenas del campo» .

Y recurre Navia a esta explicación porque con estos referentes familiares —«le digo a mí hijo que él es la historia de la despoblación»— siempre es consciente del tiempo que llevamos conviviendo con el fenómeno de la despoblación. «Leyendo cosas para este trabajo he manejado artículos de Caro Baroja de los años sesenta que les borras la fecha y los puedes publicar hoy firmados por Julio Llamazares o gente así, pero claro, hacer caso a un sabio no parece costumbre de este país, de hecho Caro Baroja murió cuando Camarón y sonroja ver las páginas que se le dedicó a cada uno, con todos los respetos para Camarón, que me gusta y le escucho». Y en medio de ese silencio, de ese mirar para otro lado, de repente ha irrumpido en las conversaciones y los telediarios la despoblación, a raíz de un libro de Sergio del Molino que, apunta Navia, «tiene el gran mérito de acertar con la expresión que cala, con el titular de la España Vacía».

- ¿Te parece la expresión más apropiada?
- Ha hecho su trabajo, a mí me parece más justa, más ajustada a la realidad, la que utiliza Marc Badal en Vidas a la intemperie de la España abandonada, pero creo que este titular no vende.

Recuerda Navia que otro libro fue un aldabonazo para él, La lluvia amarilla, de Julio Llamazares. «Yo era un estudiante de Filosofía en la Universidad, muy decantado ya hacia la Antropología, Madrid vivía la movida y esas historias que no me interesaban mucho y me llega el libro de Julio y pienso, ¿y éste cabrón de dónde ha salido?, ¿qué mundos vive?... con el tiempo hemos colaborado mucho y lo volvemos a hacer este libro».

Hay otros nombres que le han aportado a Navia ‘argumentos’ literarios para sus imágenes, gente que «emite en la misma sintonía», como Caro Baroja, Leopardi, a quien debe el título del libro, o Luis Mateo Díez. «La gran novela de la despoblación es la trilogía de Celama de Mateo».

Precisamente de esa trilogía es una de las citas más contundentes de Alma Tierra, la que dice: «Estos pueblos murieron para que nosotros podamos vivir y de su desgracia proviene nuestra suerte. Los ricos se apañan de otro modo, los pobres siempre somos culpables».

- ¿Qué se puede añadir? Unos mueren para que otros vivan y los pobres son los culpables... En fin, utilizo las citas de años atrás para recordar que el asunto viene de lejos, todo empezó con la Revolución Industrial, nunca olvidaré la expresión de uno de los últimos habitantes de un pueblo que había llegado a tener casi 500 habitantes: «Esto se lo ha cargado la maquinaría».

La despoblación no es nueva, lleva 40 años pero casi todo el mundo miraba hacia otro ladoY es que Navia salpica sus reflexiones con otras ajenas, unas tomadas de libros y otras escuchadas a la gente, a los habitantes de la que él llama la España interior. «Me gusta más, porque no olvidemos que más del 90% del territorio es rural y el resto las manchas de Madrid, Barcelona y las grandes ciudades». Esta situación ha llevado a las miradas urbanas a hablar del mundo rural de una manera absolutamente reduccionista. «Hablan en general del campo; pero de qué campo, es lo mismo un jornalero andaluz que un pequeño propietario de unas pocas tierras en Galicia o León, o un mediano campesino de Castilla... Hay muchos mundos campesinos y hay que tratar de entenderlos».

Mundos tan diferentes como los propios pueblos pues resulta curioso escuchar en las noticias afirmaciones como «es un pueblo muy pequeño, de 3000 habitantes, donde todo el mundo se conoce ¿Qué sientes tú ahora si le llamo pueblo pequeño a uno de 3000 habitantes cuando me acabas de decir que marchas ahora a un acto que hay en un pueblo donde en invierno vive sólo una persona, que además es el alcalde».

Tratar de entender cada circunstancia es lo que siempre hace José Manuel Navia, porque este fotógrafo plantea cada libro como un viaje, y sin prisa. «Si llegó a un lugar y está despoblado o como si no viviera nadie pues aprovecho para leer; y si hay gente para hablar, fundamentalmente para escuchar, porque uno de los mayores errores ha sido no escuchar a la gente, que son el alma de la tierra, a la que se refiere el título del libro y la exposición».

Y en ese no escuchar a las gentes está implícito el no conocer los motivos por los que los resistentes deciden quedarse en sus pueblos, que también cree Navia que se ha interpretado de manera errónea. «Se habla mucho del sentido práctico de las gentes del mundo rural y mi experiencia me dice que no es exactamente así; es más, creo que la gran mayoría se quedan con una postura absolutamente romántica, nada práctica; en la que deciden seguir allí por motivos como vivir en su casa o, estar enterrado junto a su hijo, que es una situación muy dura, la de perder a un hijo y que propicia que haya hombres y mujeres que quieren estar cerca del lugar donde está enterrado, algo que nos habla de esa faceta romántica de la que hablaba». Y va aún más allá al recordar otra conversación, Con Antonia Ferrer, de Luco de Bordón, en  Teruel, que le dijo: Aquí, en el pueblo, es donde mejor estoy. Aquí todo me habla».

Si León tuvo mucho que ver en el origen de este viaje que es ‘Alma Tierra’, también esta provincia y la montaña palentina están muy presentes en el final, cerrando el círculo. «Me interesaba mucho recoger el fin de la minería, por  lo que me acerqué a Laciana, en los primeros meses de 2019. Me pasó una cosa curiosa, había visto las fotos de mi colega Cecilia Orueta de los últimos mineros trabajando en La Escondida, en diciembre de 2018, del autobús que les llevaba, y tan solo unos días después hago unas fotos en los mismos lugares y el cuarto de las duchas parecía que llevaba 10 años abandonado, el autobús enterrado entre la nieve... me pareció tremendo el fin de la minería, hay que pensar que es la muerte del oficio».

- ¿Enterramos mal?
- Sí, muy mal. Eso mismo dice el ya citado Marc Badal, que si la muerte era inevitable deberíamos haberle hecho un entierro como Dios manda.
- ¿Qué crees que pierde la sociedad actual con la posible desaparición de buena parte del mundo rural?
- Muchas cosas, pero yo me quedaría  con algunos valores que atesoran y que ya no valoramos. La austeridad, por ejemplo, ha caído en el desprestigio más absurdo, había sido un valor de la izquierda y se la dejó arrebatar, ahora ya está mal vista por todos. La solidaridad, ésa que siempre aparece en los momentos difíciles, en los medios duros y hostiles; y no es un asunto menor la autonomía, la capacidad de sobrevivir con lo que tienen cerca. Sólo un ejemplo, si se cae Internet no aguantarás a tus hijos que parece que no pueden hacer nada sin él, pero tu tampoco podrás trabajar, no estamos preparados para resistir... y aquellas sociedades sí».
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