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La chica 100

La chica 100

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Fulgencio Fernández | 14/10/2018 A A
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La chica 100
LNC Domingo Ana Isabel Martínez de Paz ya era la mujer que más veces ha subido al Urriello o el Naranjo de Bulnes, pero este fin de semana ha alcanzado la cifra redonda de ascensiones: 100. "No tengo percepción de récord"
Son de otra pasta. Lo es Ana Isabel Martínez de Paz, acaba de bajar de la ascensión número 100 al Naranjo, es la mujer que más veces lo ha hecho en la historia y... «no tengo esa percepción de récord, ni de ser la primera mujer en nada. Yo me planteo los retos para superar mis propias limitaciones y capacidades, para conocerme a mí misma, y para ver de lo que puedo y de lo que no puedo ser capaz». Para enlazar la frase con algo que repite siempre: «Después de tantas horas de esfuerzo, estaba donde quería estar y con quien quería estar. César, Isidoro y Adelo, mis maestros, mis compañeros de cordada, mis amigos, mi familia. No hay deporte más de equipo que el alpinismo. Sin tus compañeros de cordada no eres nada y, con ellos, lo eres todo».

Cuesta trabajo arrancarle a Ana Isabel que un número como el 100 tiene que ser algo especial. Algo concede: «Hay cifras que tienen cierta magia en sí mismas, y el número 100 cumple todos los requisitos, pero, en este caso, la cifra de 100 ascensiones supone la satisfacción de haber terminado un proyecto que comenzó el 25 de septiembre de 1985».

- Y qué viste allí arriba?
- La panorámica era espectacular. Estábamos rodeados por centenares de esculturas pétreas, con un intenso mar azul como fondo, y pudimos ver con toda nitidez la plácida playa de San Vicente de la Barquera.
- ¿Y la cordada?
- El mágico número 100 se adueñó de la cordada; los recuerdos de tantos años, los buenos deseos se fundieron en abrazos. Es uno de esos momentos en los que me siento orgullosa de pertenecer a la especie humana.

Y en esos momentos Ana Isabel, la montañera, se acordó de quien se acuerda siempre, de quienes tantas veces ha escrito, las pioneras, las nietas del Cainejo, María Isabel, Teófila...: «Cada vez que subo por estas paredes, mi mente viaja en el tiempo hacia las hazañas que llevaron a cabo estas increíbles mujeres, contra viento y marea y en contra de los criterios de la sociedad de su tiempo, que pretendía arrinconarlas en sus actividades domésticas. Me pregunto muchas veces qué pensarían y qué sentirían mientras permanecían agarradas a la rugosa roca de estas formidables paredes».

La ascensión cien se produjo el viernes, aunque empezó en la tarde/noche anterior «después de un largo viaje desde León al improvisado aparcamiento de Pandébano. Cuando nos pusimos la mochila al hombro y dimos los primeros pasos comprendimos la realidad de los 1219 metros de desnivel de subida que nos esperaban al día siguiente. Nos encaminamos, literalmente a palpones, porque ya era de noche, hacia el refugio de la Terenosa. Allí nos esperaban Eva y Emilio, los guardas del refugio, que con su calor humano nos hicieron olvidar los inconvenientes de este loco deporte. Después de una opípara cena, cuando Emilio nos puso unos pasteles en la mesa, entendí que estábamos viviendo un momento muy especial, que había que hacer la cien».

No lo tuvieron claro, en el collado Vallejo la brisa del amanecer era un fuerte viento y parecía querer ser capaz de impedir esta historia. «Caminábamos en silencio, nadie se atrevía a verbalizar la posibilidad de tener que abandonar». Y así llegaron a la pared y no desapareció el viento pero sí apareció la magia de este deporte loco: «unidos por la cuerda y con la sólida confianza en nuestros compañeros de cordada, solamente nos bastaba con pensar en el próximo movimiento y poco a poco fuimos ganando altura. Corroboramos lo que escribió Gaston Rébuffat: desde el extremo de la cuerda que te une a tu compañero eres capaz de percibir, con una precisión asombrosa, su estado de ánimo; su tensión, sus dudas, su alegría al resolver un paso de escalada… A pesar de los meneos que nos daban las ráfagas de viento, la escalada era fluida, la posibilidad de llegar a la cima se hacía real, era el momento de abrir el corazón al mundo de las emociones, de vivir la realidad desde la intensidad de los sentimientos».

Y así fue posible ser la montañera 100 en el Naranjo de Bulnes.

Una historia larga. Desde 1975, desde que Ana Isabel reconoce que tal vez fue una inconsciente en aquella primera ascensión. «Siempre será una referencia en mis escaladas en el Picu Urriellu o Naranjo de Bulnes. Es lo que me da el diagnóstico de cómo me siento en ese momento preciso de la escalada. Esta comparación me da una medida de mi actual estado de forma física, emocional y, sobre todo, mental, que es fundamental en el mundo de la escalada. En algunas escaladas me asombro de haber podido subir al Naranjo la primera vez sin saber absolutamente nada del mundo de la escalada. Pero, a la vez, me confirma la importancia de la confianza ciega en el ser humano que está atado al otro extremo de tu cuerda. Es como el cordón umbilical que te une a otra vida, que también depende de ti, lo que supone una gran responsabilidad. Posiblemente, esto es lo que te hace crecer como persona por encima de tus propios conocimientos y limitaciones».

El Naranjo reconoce Ana Isabel que después de cien veces —«por todas sus caras, excepto por la Oeste, y en todas las épocas del año (dos veces en invierno). He subido a la cima por trece itinerarios diferentes»— no la ha puesto en excesivos aprietos, lo vio más negro en otros lugares: «He visto el peligro cerca alguna vez, normalmente con accidentes ocurridos a otras personas en la montaña, o la amarga experiencia de haberme caído en una grieta en el Pamir. Sin embargo, no recuerdo ninguna situación de peligro en el Naranjo. Lo único reseñable pudiera ser cuando fuimos sorprendidos por una tormenta en plena pared, o cuando nos cae alguna piedra de arriba arrojada involuntariamente por alguna cordada que progresa en los tramos superiores de la misma pared de escalada».

- ¿Las cien ascensiones son diferentes?
- Sí, sin duda. Una de las escaladas especiales para mí es, evidentemente, la primera, y siempre lo es la última que realizo, porque cada escalada tiene su propia esencia, su propio color, su propia textura, su propia respiración, su propio sentir y, sobre todo, la persona que va al otro extremo de mi cuerda.
- ¿Te motivó el número 100?
- Hasta la 85 no había pensado en ello. Subía al Naranjo porque me gustaba, sin pensar en nada más. Cuando vi posible llegar al número mágico, crecieron en mí las ganas de terminar cuanto antes, pero las circunstancias de la vida no siempre nos permiten hacer realidad nuestras ilusiones. De esta forma, se ha dado la feliz coincidencia de que mi ascensión número 100 coincida, precisamente, con el centenario de la creación del Parque Nacional de la Montaña de Covadonga.
- ¿No habrás descubierto que el Paraíso está escondido en la cima del Urriello?
- Cada persona encuentra el paraíso en un lugar determinado o en una determinada experiencia. Sin lugar a dudas, Urriello es uno de los paraísos en los que me puedo mostrar tal como soy, me encuentro a mí misma y siento esa paz interior que me permite degustar la esencia de la vida.
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