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La basura y la mafia

La basura y la mafia

EL BIERZO IR

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Valentín Carrera | 04/05/2020 A A
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La basura y la mafia
Lo pequeño es hermoso “Históricamente -dice Paul Connett- que tuvimos el honor de tener en Ponferrada- hemos dado tres respuestas a nuestros problemas de residuos: quemarlos, enterrarlos o arrojarlos al mar”.
Voy a hablarles de la mafia. No me refiero a la mafia local, que estamos en horario infantil, sino a la mafia napolitana y siciliana, la de Vito Corleone y El Padrino; y más concretamente, a un asunto que debiera preocuparnos a todos los ciudadanos y no solo a los ecologistas: la relación entre la mafia y la basura.

Les hago una pregunta: ¿Por qué en la sociedad actual la basura, en lugar de disminuir, crece cada día más y más?
La respuesta es sencilla: porque es un negocio, un inmenso negocio, en manos de la mafia. Y cuanta más basura se produzca, mayor será el negocio. Es la mafia ―en Sicilia, por supuesto, estas cosas aquí no ocurren― la que controla las millonarias concesiones municipales, los monopolios de recogida de basuras, la venta de contenedores, los basureros y las incineradoras de residuos, el último círculo de un Infierno digno de Dante.

Desde hace tres décadas hay un movimiento ciudadano, Residuo Cero, que plantea la eliminación de basuras mediante las tres “R”: Reducir, Reciclar, Reutilizar, cuyo modelo funciona con éxito en ciudades de todo el mundo, desde California a Italia, pasando por Camberra o Nueva Escocia.

“Históricamente ―dice Paul Connett, principal teórico de la solución Residuo Cero, a quien tuvimos el honor de tener en Ponferrada en 2018 como conferenciante principal en las jornadas contra la incineración―, hemos dado tres respuestas a nuestros problemas de residuos: quemarlos, enterrarlos o arrojarlos al mar”.

En nuestra tierra, la costumbre es arrojarlos al río, práctica desgraciada e ignorante que ha sembrado las orillas del Sil, del Cúa, del Boeza, del Tremor y del Noceda, del Cabrera, del Selmo y del Burbia, de lavadoras desvencijadas, somieres oxidados, con sus colchones podridos; ladrillos rotos y restos de demolición; animales muertos, y toda la porquería imaginable. Al río, que es de todos y de nadie; al río, los desechos de la minas y chamizos, que hubo muchos; al río los estériles de las canteras de pizarras, y los purines y lodos, y otros vertidos industriales.
Pero estábamos hablando de Sicilia y de la mafia de la basura. Veamos cómo funciona el negocio: lo primero es tener mucha basura, muchos residuos, toneladas, montañas de basura. Esto se consigue con facilidad: basta con no reducir, no reciclar y no reutilizar; obligar a los consumidores a llevar a casa con cada compra varios kilos de cartón, plástico, metal, vidrio, detergentes, pilas, baterías, aceites y demás; mezclarlo todo bien revuelto en uno, dos o tres cubos, y luego volver a remexerlo en distintos contenedores. Con todo esto se consigue una basura de primerísima calidad, similar a la que fabricamos aquí. Pero sigamos allí.

Inciso para ingenuos: es sorprendente que los ciudadanos paguemos la futura basura ―millones de plásticos, latas o botellas― a precio de solomillo, de merluza, de yogur o de Rioja. Con cada compra, una parte significativa del coste paga desechos improductivos y superfluos. Otro reto para la nueva normalidad (pero ya está inventado: se llama Residuo Cero). Sigamos.

Una vez que has creado la necesidad ¬―es decir, que la avariciosa industria de las grandes superficies y las cadenas ha generado el problema, protegidas por una legislación consentidora y estúpida―, viene la mafia a ofrecernos la solución: “No se preocupen, nosotros les construimos una incineradora llave en mano y esa montaña de mierda que ustedes tienen ahí, desaparece” (imagínense, por ejemplo, es un hablar, que hubiera en Sicilia un lugar llamado San Román de la Vega, que ya sabemos que no lo hay).

“Esa basura inmensa que nosotros hemos potenciado y ustedes han pagado con su dinerito, ahora nosotros se la incineramos, y nos vuelven a pagar otra vez por hacerla desaparecer”.

Esta es la solución mágica de la mafia: quemar, incinerar. En 2002, un tal Salvatore Cuffaro, presidente de la Región de Sicilia ―que es como si dijéramos Castilla y León, pero sin atún mediterráneo y sin Empédocles―, licitó cuatro incineradoras en la comarca de Palermo. “Los contratos ―cuenta Connett en su libro Residuo Cero― fueron ganados por cuatro conglomerados energéticos: Pea Platini, Energía Ambiente, Tifeo y Sicilia Energía. Cuando los magistrados investigaron el plan, descubrieron una enorme maraña de intereses espurios que incluía una estrecha cooperación entre políticos, la mafia, consultores y empresarios. Esta red de intrigas se extendía más allá de Sicilia, a lo largo de Italia y fuera de ella”.

Por fortuna, las cuatro incineradoras fueron bloqueadas en 2007 por el Tribunal Europeo de Justicia y en 2011 Cuffaro fue arrestado por complicidad con la mafia. Pero esas cosas, ya les digo, solo pasan en Sicilia y en Nápoles, donde la Camorra factura miles de millones gracias a los residuos tóxicos: “Las mafias hacen de Nápoles un gigante basurero tóxico. El aumento de los casos de cáncer en la región dispara todas las alarmas”, escribía el periodista Rossend Domènech desde Roma en 2013.

Hasta 2010 Nápoles fue una de las «zonas de sacrificio»: lugares con una alta tasa de cáncer por contaminación ambiental, a los que se añaden nuevos focos y nuevas incineradoras.

Pero estas cosas solo ocurren en Sicilia y Nápoles, porque en Castilla y León no existe la mafia. Si les dicen que la comarca del Bierzo está a punto de entrar en la Premier League de las «zonas de sacrificio», no hagan caso y sigan produciendo basura, comiendo basura y quemando basura. Saludos a Vito Corleone.
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