Isabel, la última de Casetas

Isabel, la última de Casetas

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Isabel Fernández contempla por la ventana su viejo poblado de Casetas y va recordando cada una de las casas y negocios del pueblo. | MAURICIO PEÑA Ampliar imagen Isabel Fernández contempla por la ventana su viejo poblado de Casetas y va recordando cada una de las casas y negocios del pueblo. | MAURICIO PEÑA
Fulgencio Fernández | 07/11/2021 A A
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Isabel, la última de Casetas
LNC Domingo Isabel y Maxi eran ‘los últimos’ vecinos del poblado minero de Casetas; falleció el hombre y ella se ha convertido en la resistente que no quiere irse, pese a la insistencia de los hijos... "Me siento útil aquí"
Isabel mira por la amplia y luminosa ventana de su casa, en lo alto del antiguo poblado minero de Casetas, y recuerda cuando aquel pueblo fue grande, tenía de todo, sobre todo mineros que trabajaban en las minas de ‘don Esteban Corral’, allí al lado. «Estoy viendo las casas, cómo era el pueblo. Dos filas de casas, arriba y abajo, aquí estaba la del panadero y qué se yo cuántas casas más donde ahora se ven todas esas ruinas. Había escuela, un supermercado de aquellos de antes en los que despachaban de todo, cantina… de todo. Dicen que la primera televisión que hubo en todo este valle vino a Cistierna y la segunda aquí, a Casetas, a la cantina, que cobraban una peseta por entrar a verla».

Y recuerda Isabel a los mineros caminando al amanecer hacia el tajo, con la fardela del bocadillo, muchas veces abriendo senda entre la nieve: «Que no todos lo llevaban, contaba Máximo que uno llevaba un trozo de madera envuelto en papel para que pareciera un bocadillo. Y otro decía que llevada perdices y eran dientes de ajo, que era todo lo que comía aquel día, unos dientes de ajo».

Repite con frecuencia Isabel Fernández la expresión «decía Máximo» pues se ha convertido esta mujer también en la memoria de su marido Máximo Álvarez, al que llamaban El Grillo por su afición a cantar, y que falleció hace unos meses. Maxi protagonizó un buen número de reportajes por su buena memoria, su gracia al contar y, sobre todo, por haber sobrevivido de milagro a un gravísimo accidente, el conocido como ‘Los catorce de Casetas’: «Él tenía que estar allí, en la galería donde se produjo la explosión de grisíu, pero aquel día le mandaron domar unos bueyes para tirar de los vagones… y así salvó la vida porque no tenían que entrar hasta la una y el accidente fue unos minutos antes», recuerda esta mujer que hace un gesto con el que se le dibuja en la cara el alivio.

Isabel Fernández aparecía en todos estos reportajes difuminada, al fondo de la fotografía, acompañando al último de Casetas, como los últimos habitantes fijos del viejo poblado, pues los hijos que tienen casa allí «pueden parar muy poco, tienen el trabajo afuera y se van casi al amanecer y, en invierno, vuelven de noche». Pero con el nuevo año Isabel se convirtió en solitario en ‘la última de Casetas’ al fallecer Maxi, después de mucho padecer pues se ahogaba, víctima de esa silicosis que tanto oxigeno roba a los viejos mineros, y se fue en unos días de nieve, ventisca, Covid y frío. «La vida no quiso ser fácil con él ni para morir», musita mirando al horizonte.

Y, sin embargo, Maxi cantaba. Y, sin embargo, Isabel se aferra a su pueblo, a su recuerdo, a su memoria. «Cómo lo voy a llevar bien, con la alegría que Maxi siempre traía a su alrededor. Lo llevo mal pero hay que tirar para adelante, como hicimos toda la vida de Dios».

Miro por esta ventana y recuerdo todas las casas del poblado, y los negocios, la panadería, la cantina, que tuvo la segunda televisión que llegó a la zona y cobraba 1 peseta por verlaCentrados en Maxi, en el minero, en el contador de historias, en el milagroso superviviente de ‘Los 14 de Casetas’, no reparamos en Isabel Fernández, algo más joven («voy para los 80») pero no menos trabajadora, algo más reservada pero no menos entrañable ni cercana, algo menos habladora pero no con menos recuerdos y memoria, algo más sola pero no menos apegada a su pueblo. «Los hijos me quieren llevar, claro, como todos los hijos y los míos bien buenos que son, pero yo mientras pueda, mientras me arregle no me muevo de aquí para nada». Y en ese aferrarse a las bondades de su casa y su pueblo nos cuenta cómo el perro se sienta a la entrada de la casa y no se mueve de allí ni siquiera de noche. Y cuando Isabel sale entonces la acompaña. «Tengo que dar todos los días un paseo, por salud y para lo mío».

Cuando Isabel dice la expresión «lo mío» se refiere a la complicada enfermedad de la polio, que ella sufrió con tan solo 14 años –«aunque no supe hasta que tuve sesenta lo que había sido, pero tuve que estar mucho tiempo escayolada y con muletas»— y que le dejó secuelas evidentes en una pierna. «No lo tuve fácil en la vida, desde muy niña pues me quedé huérfana de madre cuando solo tenía seis años; a los 14 llegó la enfermedad, éramos muchos hermanos, nueve, y había que trabajar por lo que tiré adelante, pese a la enfermedad y me hice más fuerte. Estuve sirviendo en León y en Valladolid».

Hasta que, con veinte años, se casó con Maxi, El Grillo, en 1962. Comenzó una nueva vida, en Casetas, dedicada a las faenas de la casa y los hijos, a la ganadería pues entonces solo con el sueldo de la mina no se vivía. «Trabajé con el ganado, claro, Maxi iba para la mina. Y para criar los hijos, que entonces no había las posibilidades ni las comodidades de ahora. Uno de los peores trabajos en invierno era ir a lavar al río, con las lavanderas, menudo frío se pelaba». Así se entiende que para Isabel uno de los días más felices fue «cuando llegó el agua corriente a las casas, que antes el agua era de la empresa. Te parecerá una tontería, pero lloraba como si se me hubiera muerto un familiar cuando llegó el agua a las casas, pero eran lágrimas de emoción en este caso».

Mira Isabel por esa ventana por la que contempla todas las casas del pueblo, las que solo son ruinas y una par de ellas con el cartel de ‘Se vende’ y se acuerda de las noches en vela que pasó pues jamás se acostaba hasta que Maxi regresaba de la mina. «Muchos días él me decía, tú acuéstate que hoy seguramente tenga que doblar y vendré tarde, pero no era capaz. Yo estaba en vela. La espera era terrible. Él marchaba a Sotillos y yo no me acostaba, echaba a los chicos a la cama y me quedaba cosiendo o haciendo ganchillo hasta que volvía».

No se le olvida a Isabel cuando le dieron «la definitiva» a Maxi, el 29 de junio del 69 y la conversación que tuvieron.

- Me jodieron bien; dijo, porque no le quedada mucha paga.
- No digas eso, que lo ganas en salud.

Que salud es lo único que pide Isabel para seguir en su casa, para seguir cuidando sus flores y sus gallinas, plantando lechugas y puerros en las jaulas del pescado, paseando por su pueblo, en ruinas, pero el suyo. «Se han llevado todo lo que valía».

- Tengo 78 años y la polio pero estoy contenta, todavía sirvo, me siento útil, y mientras pueda de Casetas no me voy.

Y enciende la radio, le gusta más que la televisión. «Me entretiene mucho y así no me siento sola, erstoy con ellos, aunque no pueda hablarles»
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