Semejante despliegue espiritual en los lineales del supermercado religioso es una muestra más de la sociedad de la abundancia en la que vivimos, donde parece –sólo parece– haber de todo y para todos, ya sean bienes materiales, ya sean creencias intangibles, y todo conforme al poder adquisitivo de los consumidores. En las largas épocas de la sociedad de la necesidad, no hace tanto, era bien diferente. Lo curioso es que este exceso de oferta coincide en el tiempo con el reinado, como poco, de los no practicantes en un mundo que presume de laicidad o aconfesionalidad. Quizá por eso mismo las devociones se rigen hoy por las reglas del self service o del buffet libre que tiñen incluso lo divino. Y también en esto del autoservicio hay, como sabemos, estrellas y tenedores para indicar distinción o desdoro. Desigualdad, en suma.
En fin, orar y beber es la norma que sustituye a orar y trabajar. En cualquier caso, orar, siempre orar. Es admirable la constancia de este verbo y de quienes lo administran. Tanto que incluso las tecnologías se rinden a sus pies para depositar limosna mediante tarjetas de crédito en muchos templos y, además, muy pronto el 5G vendrá a iluminar los inescrutables caminos de Dios.
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