Publicidad
Hijos y nietas del carbón

Hijos y nietas del carbón

EL BIERZO IR

Retrato de minero, una imagen de Anxo Cabadas. Ampliar imagen Retrato de minero, una imagen de Anxo Cabadas.
Valentín Carrera | 16/11/2020 A A
Imprimir
Hijos y nietas del carbón
Lo pequeño es hermoso Cuando en 2014, Noemí Sabugal publicó El asesinato de Sócrates, bauticé a Noemí como ‘Dama de la Literatura Negra, a quien no convendría encasillar en el género negro, porque intuyo frutos de muchos colores’.
Antes organizaba mi biblioteca por géneros —historia, literatura, periodismo, viajes; criterio tan válido como por colores o tamaños—; pero a medida que la biblioteca fue creciendo, y yo con ella, cada año tenía más títulos inclasificables: intenté varias veces colocar A sangre fría, de Truman Capote, en la sección periodismo, pero al día siguiente aparecía en el anaquel de las novelas, entre la Biblia y el Corán. El Quijote, que suele estar entre los libros de humor, con las obras completas de Faemino y Cansado, algunas tardes aparece en la sección de gastronomía. Un sinvivir. Todo se aclaró cuando decidí clasificar los libros en cuatro categorías: Malos con pena de cárcel; Pasables con benevolencia; Buenos para releer; y Necesarios o imprescindibles.

A esta última especie pertenece la reciente obra de Noemí Sabugal, Hijos del carbón, publicada por Alfaguara en este otoño de 2020, de lecturas confinado.

Noemí Sabugal —leonesa, compañera de pupitre en la academia de periodismo que dirige David Rubio en La Nueva Crónica— es una chica con suerte, que escribe como los ángeles, aunque el verdadero elogio sería decir de ella que escribe como un demonio. Como un demonio al acecho.

Cuando en 2014 publicó El asesinato de Sócrates, bauticé a Noemí como ‘Dama de la Literatura Negra, a quien no convendría encasillar en el género negro, porque intuyo frutos de muchos colores’. Aquí están, con el alma y las tripas de infinitos tonos negros, sus Hijos del carbón. Se dice que los inuits perciben decenas de blancos distintos: tal hielo, tal nieve antigua o reciente, dura, blanda, animal, opaca o traslúcida. Como una detective esquimal guarecida en un iglú de antracita, Sabugal percibe negruras de muchos matices: hullas ardientes, maquillajes de brea, mantos grises de ceniza y estériles, chimeneas humeantes, sepulturas de hierro, huertos abonados con carbonilla. Los colores de la mina.

Tenía razón intuitiva Julio Llamazares cuando le dijo a Noemí que estaba «condenada a escribir este libro»; y ahora sabemos que esta obra tenía el copyright registrado por Sabugal desde que su abuelo José entró de guaje en la mina, con 14 años, para empujar vagonetas (y se jubiló con 36 años, con silicosis de segundo grado y los pulmones de un hombre de setenta); y desde que su abuelo Santos se quedó enterrado en la mina tras una explosión de grisú, de la que resucitó para hacerse evangélico.

Hijos del carbón es el libro definitivo de la minería, no solo en Asturias, Sabero y El Bierzo, que nos tocan más de cerca en el relato, sino en toda España, durante casi dos siglos, cuando «el carbón era el pan de todas las industrias». Sabugal escoge el vehículo narrativo adecuado, un viaje, que la autora hace con su fotógrafo de cámara, de mina en mina y de cuenca en cuenca. La niña, hija y nieta de mineros, acompaña a la mujer madura —de insultante juventud, pero hablo de otra madurez— y a la periodista certera, que a su vez comparten blablacar con una escritora de novela negra, que por las noches trabaja en un club de jazz.

El resultado es fascinante y se deja leer de un tirón: nunca antes nadie nos había contado así de bien, y tan clara y sin estridencias, nuestra propia historia minera, la del Bierzo, por ejemplo. Todas las silicosis, todos los robos y corrupciones: la balanza de pagos, siempre desequilibrada, que se llevó la mena, el carbón y el oro; y nos dejó la ganga, la destrucción, la despoblación, el paro y esa nube de polvo negro que sobrevuela las cerezales, los huertos y los cementerios.

Si todo el libro es ameno e interesante, hay páginas en estado de gracia, como esta línea sacada de La vida de los otros: «En los cuarteles mineros, vocerío infantil en los corredores comunes y una intimidad porosa que atraviesa las paredes». Una intimidad porosa que atraviesa las paredes y los túneles, las jaulas y las galerías; un griterío infantil en los poblados controlados por la empresa, «otra forma de meter en cintura al minero». Paternalismo industrial paramilitar en tiempos de seminarios y cuarteles de la guardia civil, cuando el ingeniero principal vivía en el chalé del belga.

Noemí Sabugal sabe que la mina está asociada a la muerte con naturalidad que estremece —»A mi abuelo lo mató la mina, tenía un pulmón seco y el otro al quince por ciento»—, y lo cuenta con oficio de novela negra contenida, porque no necesita cargar las tintas: demasiadas viudas y barrios enteros huérfanos, como los 30 niños que perdieron a sus padres en el accidente de «los catorce de Casetas». Luego vendrán los sucesivos, fallidos y corruptos planes del carbón; y los fondos Miner, que nunca llegaron a los mineros —pero sembraron Asturias y León de estructuras huecas, sin que ningún alcalde o sindicalista corrupto haya entrado aún en la cárcel—; y al final del túnel, el cierre inevitable y cruel.

Paisajes interiores, como los descritos por Gabriel Folgado en su documental, o por la termicana Sara Velasco en Carbón, que Sabugal eleva a belleza literaria: «El Esla baja rápido, aplaudido por los chopos; el río echaba una manta húmeda por la espalda; los recuerdos de cada uno, enroscados en los del resto»; o, a propósito de Víctor del Reguero, «la siembra en libros que germinan en las manos de los que saben leerlos».

Libros necesarios e imprescindibles —como Hijos del carbón— que nos ayudan a entender quiénes somos y de dónde venimos en esta época desnortada, y en este Bierzo y Sabero, y todas las cuencas mineras, calaveras vacías en las manos de Hamlet: «Por las calles de Igüeña no hay mucha gente. Es la hora de la siesta de un perezoso domingo de mayo. Un gatazo blanco y marrón cruza delante de mí y vuelve su cabeza bicolor para mirarme con desinterés. Junto a una casa hay dos tambores de lavadora reutilizados como tiestos, pero nadie ha regado estas plantas y solo quedan unas hierbas pajizas y rotas».
Volver arriba
Newsletter