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Golpe de estado a la inocencia

Golpe de estado a la inocencia

OPINIóN IR

04/03/2021 A A
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Golpe de estado a la inocencia
Ha pasado algo más de una semana desde el 23-F pero todavía me estoy recuperando de las sensaciones vividas en esa fecha. Y no me refiero a las polémicas que surgieron del acto del 40 aniversario de esa efeméride, que cuatro décadas después, en vez de servir de nexo de unión, se utiliza para pegar tiros al aire, utilizando pólvora ideológica y sectaria. Entiendo que esto no haya sorprendido a nadie, ya que ahora mismo no hay acto, homenaje o declaración institucional que no genere cierta baba rabiosa en las fauces de los que precisamente deberían dar ejemplo de coherencia y de servicio al interés general. Pero no nos desviemos de lo realmente importante sobre lo que me sucedió el 23-F.

Durante casi diez años había conseguido esquivar el momento fatídico al que lamentablemente no tuve más remedio que enfrentarme la semana pasada. Se me pasó por la cabeza acogerme al derecho de no declarar y solicitar la presencia de mi abogado, pero mi interrogadora no me dio opción. Antes de formular la pregunta clave, me expuso una serie de hechos constatados durante los últimos años, que no me dejaron más salida que asumir mi culpabilidad y lo que es peor, reconocer el perjurio continuado cometido con premeditación y alevosía. Para mí, a partir de ahora el 23-F ya no será el día en el que un tricornio, bajo el que iba un tal Tejero, se coló en el Congreso de los Diputados para agujerear su techo con la intención de llevarnos de nuevo a las tinieblas, sino la fecha en la que mi hija protagonizó un golpe de estado a la inocencia. Mientras me miraba con cierto aire de seriedad, me disparó una pregunta que retumbó en mis tímpanos y provocó un desconcierto similar al sufrido hace 40 años por los que se encontraban en la casa de todos los españoles ubicada en la Carrera de San Jerónimo.

¿Los Reyes Magos existen de verdad o sois los padres los que nos dejáis los regalos? La llegada de un regalo por mensajería ese mismo día desde tierras asturianas, al no poder recogerlo personalmente y estar ya hastiados de esperar el desvanecimiento de los cierres perimetrales, fue el detonante. Un pequeño error tipográfico en el nombre que venía en el regalo, unido a las ya demasiadas pruebas inculpatorias acumuladas Navidad tras Navidad, hicieron saltar por los aires la inocencia que todavía reinaba en las fechas navideñas en nuestro hogar. Y lo peor no fue eso, sino que su sentencia creó jurisprudencia y automáticamente aplicó esta misma doctrina para eliminar de su vida a Papá Noel y al Ratoncito Pérez, mientras compungido sólo podía que confirmar con un leve movimiento de cabeza la farsa que se escondía detrás de esos personajes. Tengo que reconocer que estuve a punto de añadir una mentira más a la lista, pero que la nueva política no existe, se la dejo para dentro de unos años. Aunque para qué engañarles, creo que eso también ya lo sabe, porque desde el confinamiento allá por marzo se ha aficionado a ver el telediario, por lo que creo que es misión imposible que a día de hoy tras ver diariamente las cabalgatas protagonizadas por los reyes, reinas y pajes ataviados con túnicas moradas, verdes y naranjas todavía crea en la nueva política. Una cosa es que sea ingenua y otra que sea tonta.

Sé que todavía le quedan por liderar algunos cuantos golpes de estado más a su inocencia, como todos hemos protagonizado en nuestras vidas, pero me reconocerán qué si bien es ley de vida, no por ello dejan de ser tristes esos momentos en los que lo mágico es abatido por la crudeza de la realidad, ya que una vez que se cruzan ciertas puertas, éstas quedan selladas para siempre y no pueden volver a abrirse.
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