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Falstaff en el camarote de los hermanos Marx

Falstaff en el camarote de los hermanos Marx

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El barítiono Ambrogio Maestri en la puesta en escena de la ópera de Verdi ‘Falstaff’. Ampliar imagen El barítiono Ambrogio Maestri en la puesta en escena de la ópera de Verdi ‘Falstaff’.
Javier Heras | 22/10/2020 A A
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Falstaff en el camarote de los hermanos Marx
Ópera El burgalés Calixto Bieito adapta en Hamburgo la última ópera de Verdi, basada en un texto de Shakespeare, con el barítono Ambrogio Maestri en el rol principal. Cines Van Gogh acoge este jueves la grabación en un único pase a las ocho de la tarde
Para Calixto Bieito, solo existe un reto que pueda equipararse al ‘Anillo’ de Wagner: ‘Falstaff’. «La adoro: es divertida, melancólica, grotesca y humana». El dramaturgo de Miranda de Ebro (1963), responsable artístico de la Ópera de Hamburgo desde 2015, completaba el pasado enero su trilogía sobre Verdi, después de ‘Otello’ y el ‘Réquiem’. Su enfoque de sátira negra mezcla el humor del camarote de los hermanos Marx con una crítica sobre la industria del entretenimiento. El decorado, realista –un pub británico–, va poco a poco descomponiéndose, a la vez que el libreto desmonta la mojigatería de los protagonistas.

Así, Bieito se posiciona a favor del único de los personajes que, para él, escapa a la hipocresía: Falstaff, un orondo, pícaro y vanidoso caballero venido a menos que corteja a la vez a dos damas casadas… y se lleva un escarmiento cuando descubren que les ha escrito la misma carta a las dos. Su mezcla de nobleza y desparpajo y su defensa de los placeres terrenos (el sexo, la comida, el vino) parece a medida de Ambrogio Maestri. El barítono italiano (1970) lo ha encarnado en 350 ocasiones desde su debut en La Scala en 2001. No solo impone su voz firme, sino que seduce con su calidez, su don cómico y su capacidad de reírse de sí mismo.

‘Falstaff’, cuya grabación se podrá ver en Cines Van Gogh este jueves a las 20:00 horas, supuso la mayor sorpresa de toda la carrera de Giuseppe Verdi. Después de medio siglo de tragedias, el octogenario músico se despidió en 1893 con su única comedia (a excepción de la fallida ‘Un giorno di regno’, de 1840). Hizo bien en asociarse de nuevo a Arrigo Boito, libretista de la descomunal ‘Otello’, compositor de ‘Mefistófeles’ y admirador, como él, de Shakespeare. A partir de ‘Las alegres comadres’, construyeron un libreto lleno de humor, poesía y melancolía. Una celebración de la vida que, en vez de concluir con un festival de cadáveres y tormentos (como ‘Il trovatore’, ‘Macbeth’…), resuelve los conflictos desde la tolerancia y la concordia.

En cuanto a la partitura, hoy sigue resultando moderna. Especialistas como John Harbison la definen como «la primera ópera del siglo XX», y suele fascinar más a los críticos que al público, que de primeras se extraña: ¿dónde están las arias? Breves, casi declamadas, se suceden sin pausas ni concesiones. Los maravillosos duetos de Nanetta y Fenton terminan casi antes de disfrutarlos. Pero si no hay grandes escenas dramáticas se debe a que la acción no las justifica. Verdi culminó la búsqueda que había comenzado en ‘Macbeth’ y consolidado en ‘Aida’: la unidad entre el texto y la música, siempre al servicio del argumento. En el monólogo inicial de Sir John, cuando habla de ir «de taberna en taberna», la orquesta lo acompaña con una melodía ondulante, cual borracho que se tambalea.

La instrumentación destaca los hechos, describe sentimientos, dialoga con la voz (las flautas trinan cuando Falstaff dice que «el buen vino es un grillo») y hace uso de los leitmotive, como Wagner. Un entramado complejo que no parece del mismo autor al que los expertos habían masacrado por sus acompañamientos «simplones como de una gran guitarra».

El genio de Busseto estaba enfermo y moriría pocos años más tarde, pero tuvo fuerzas para saltarse las convenciones y reírse de todo: el brillante tercer acto concluye con una fuga, la forma musical más antigua y rígida, que repite las palabras «todo es farsa». Aun así, se le reconoce en cada página: la riqueza de sus melodías, la agilidad de la narración, su gusto y atrevimiento, tan italianos… Si abrimos bien los ojos y los oídos, quizá nos suceda como a Arturo Toscanini, que en 1893 escribió una carta de tres palabras al autor: «Grazie, grazie, grazie».
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