En la zona donde se planta el Rastro de los domingos quedan restos, broza por el suelo. Un anciano se agacha y recoge algo. Es una fotografía de carnet, la cara de una mujer. La guarda en el bolsillo.
Desde el paseo del río. Arriba, en la balaustrada, escucho un graznido que casi quiere ser articulado. Era un hombre que se sentaba en el suelo, entre dos arcos, con sus ropones negros hacía el grajo, era un grajo.
Leo el nombre de una calle: Calle Ausente. Y pienso en el placer de extraviarse en tu propia ciudad natal. Laberintos, calles nuevas, la maleza accesible del río. Ir contra la costumbre, entrar donde nunca habías entrado. Eso es la ciudad, como la noche.
Ildefonso Rodríguez
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