Según iban avanzando la noche, el relato y las rondas, «El abuelo» cabeceaba más, se aferraba a la barra como un náufrago a un tablón y murmuraba entre dientes en un idioma ininteligible. También iba en aumento mi preocupación por el equilibrio mental de mi amigo; cuando entramos en el bar parecía que iba a ser un día más, una noche más de risas con amigos y buena música, pero aquella noche estábamos los dos solos, la música era melancólica y J estaba de un humor lúgubre como nunca le había visto.
Fuimos los últimos en abandonar el pub. Para mi alivio, los rayos de un tibio sol barrían ya el empedrado de la calle Compañía. Dejé al ‘abuelo’ orientado hacia su casa, subía la cuesta dando bandazos («Mirad ahí va, mirad ahí va/ el que en tierra firme no sabe andar» cantaba Patxi Andión), y yo me dirigí hacia la churrería del Toscano: necesitaba unos tragos de orujo para acabar de emborracharme y poder olvidar esa noche sin sol.
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