Pero, al paso que vamos, me temo que dentro de muy poco estos sucedáneos de bares empezarán a ofrecernos otro tipo servicios; por ejemplo, al pasar por delante de ellos se activará un sensor y una voz incolora, inodora e insípida nos lanzará mensajes de esta guisa:
-Si quiere saber el pronóstico del tiempo, pulse asterisco.
-Si le apetece escuchar la crítica de la cartelera de cine, presione almohadilla.
-Si prefiere hablar de fútbol sin que le contradigan (el camarero automático le dará la razón en todo), marque 5-0.
-Si desea el teléfono de una cita sentimental, teclee 55, 69, 88..., según sus preferencias.
-Si suplica el perdón de sus pecados y ruega penitencia, apriete setenta veces 7.
-Si tiene alguna reclamación contra el ayuntamiento... vuelva usted mañana.
Aún así, no puedo ni comparar con las innumerables ventajas que nos aportan los bares reales y los camareros de toda la vida, por eso, cuando cruzo por delante de una de esas máquinas infernales, empiezo a canturrear para mí mismo: "Bares, qué lugares/ tan gratos para conversar/ no hay como el calor del amor en un bar./ Jefe, no se queje/ y ponga otra copita más./ No hay como el calor del amor en un bar."
Gabinete Caligari: "Al calor del amor en un bar", DRO/Tres cipreses (1986)
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