Con todo, su mayor angustia es tener conciencia cabal de cómo es, unida a un sentimiento de fatalidad inexorable que le hace imposible cambiar: «justo a mí tenía que tocarme ser como yo». En una de las tiras le vemos meditando sobre esa falta de carácter: «En lugar de estar haciendo los deberes me paso el día leyendo historietas. ¡Esto no puede ser!». En la segunda viñeta aprieta el puño y decide que «¡No es posible que no tenga voluntad, no señor!»; en la tercera, se levanta, tira el tebeo al suelo y se pregunta, aparentemente indignado consigo mismo: «¿Al fin, qué soy, un hombre o un ratón?». Pero en la última viñeta le vemos leyendo el tebeo... y comiendo queso.
La pregunta que se hace Felipe es la misma que se hacía el inefable y añorado Pin: «¿Qué somos, hombres o muñecos?».«¡Muñecos, Pin, muñecos!», le contestábamos. Todos somos un poco muñecos y en ocasiones tan patéticos como aquel que iba a rondar a Marieta y quedaba siempre como un gilipollas.
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