Nos vimos el otro día en el teatro San Francisco. Mientras esperábamos a que comenzase la obra, hablamos de todo un poco de forma comprimida: familia, trabajo, inquietudes, nuevos proyectos… En fin. Ramonín es el hijo de Ramón, el herrero. Me dijo que, siguiendo la tradición familiar y en sus ratos libres, estaba yendo a aprender a ser herrero en el Centro de los Oficios de León. Y me alegré; vaya que si lo hice. Luego, de vuelta a casa, pensé justamente en esto.
Cuando era un rapaz me gustaba ir con mi padre a ver a Ramón a la fragua. Me llamaba Cachorrico porque a mi abuelo le llamaban Cachorro. Era entrar en aquel espacio de sacralidad tenebrosa, situado al borde de la nacional seis, y experimentar la satisfacción más absoluta. Lo veía ir de acá para allá, con aquel mandil de cuero impregnado de la mugre que deja la manufactura del hierro. Me ponía a su lado cuando se acercaba al fogón para que me dijese cuál era el estado ideal del hierro para ser moldeado a golpe de martillo. Pero antes avivaba el fuego. Y era entonces cuando el chisporroteo del carbón, vivificado por aire del fuelle, le confería a Ramón ese aire místico que siempre tuvieron los herreros.

-Mira, Cachorrico, del rojo tiene que pasar al anaranjado, después al amarillo y, justo cuando tenga un blanco-anaranjado es cuando tienes que sacarlo del fuego para ser forjado...
Entonces cogía la pieza de hierro con las tenazas y la llevaba sobre la bigornia. Allí empezaba otro ritual de auténtico embeleso; pues, con el cigarro de caldo en la comisura de los labios y cayéndole la ceniza sobre el mandil, daba comienzo un concierto de golpes certeros, cadenciosos, con el que ponía al descubierto el secreto para fabricar y construir cosas.

A veces, el tiempo transcurrido entre la cadencia de golpes y un nuevo baño de fuego, se interrumpía con el encendido del cigarro que tanto me gustaba. No tanto por el encendido -que también- sino por el mechero. Era metálico, con depósito de gasolina y algodón que él mismo rellenaba. Algunos los tenía metidos en los agujeros de los ladrillos de la fragua, junto a las tizas y los punteros. Y el bueno, el que hoy le iba a dar el fuego necesario, lo llevaba en el bolso del mono.
La mixtura de olores formada por el humo exhalado, la gasolina e hierro forjado, y el chasquido metálico del cierre del mechero me trascendían a un estado de espiritualidad que no sabría describir.
Madre mía.., yo me quedaba embobado con aquel mechero y quería fumar caldo y llevar mandil de cuero. Como Ramón.
(A Ramonín. Guardián de la memoria de su padre)