El mechero y la fragua

Por Roberto Carro

Roberto Carro
05/04/2026
 Actualizado a 05/04/2026
En la imagen una vieja fragua, la del llamado último herrero, José Ares
En la imagen una vieja fragua, la del llamado último herrero, José Ares

Nos vimos el otro día en el teatro San Francisco. Mientras esperábamos a que comenzase la obra, hablamos de todo un poco de forma comprimida: familia, trabajo, inquietudes, nuevos proyectos… En fin. Ramonín es el hijo de Ramón, el herrero. Me dijo que, siguiendo la tradición familiar y en sus ratos libres, estaba yendo a aprender a ser herrero en el Centro de los Oficios de León. Y me alegré; vaya que si lo hice. Luego, de vuelta a casa, pensé justamente en esto.

Cuando era un rapaz me gustaba ir con mi padre a ver a Ramón a la fragua. Me llamaba Cachorrico porque a mi abuelo le llamaban Cachorro. Era entrar en aquel espacio de sacralidad tenebrosa, situado al borde de la nacional seis, y experimentar la satisfacción más absoluta. Lo veía ir de acá para allá, con aquel mandil de cuero impregnado de la mugre que deja la manufactura del hierro. Me ponía a su lado cuando se acercaba al fogón para que me dijese cuál era el estado ideal del hierro para ser moldeado a golpe de martillo. Pero antes avivaba el fuego. Y era entonces cuando el chisporroteo del carbón, vivificado por aire del fuelle, le confería a Ramón ese aire místico que siempre tuvieron los herreros.

El viejo mechero
El viejo mechero

-Mira, Cachorrico, del rojo tiene que pasar al anaranjado, después al amarillo y, justo cuando tenga un blanco-anaranjado es cuando tienes que sacarlo del fuego para ser forjado...

Entonces cogía la pieza de hierro con las tenazas y la llevaba sobre la bigornia. Allí empezaba otro ritual de auténtico embeleso; pues, con el cigarro de caldo en la comisura de los labios y cayéndole la ceniza sobre el mandil, daba comienzo un concierto de golpes certeros, cadenciosos, con el que ponía al descubierto el secreto para fabricar y construir cosas.

Imagen de un mechero
El viejo mechero

A veces, el tiempo transcurrido entre la cadencia de golpes y un nuevo baño de fuego, se interrumpía con el encendido del cigarro que tanto me gustaba. No tanto por el encendido -que también- sino por el mechero. Era metálico, con depósito de gasolina y algodón que él mismo rellenaba. Algunos los tenía metidos en los agujeros de los ladrillos de la fragua, junto a las tizas y los punteros. Y el bueno, el que hoy le iba a dar el fuego necesario, lo llevaba en el bolso del mono.

La mixtura de olores formada por el humo exhalado, la gasolina e hierro forjado, y el chasquido metálico del cierre del mechero me trascendían a un estado de espiritualidad que no sabría describir.
Madre mía.., yo me quedaba embobado con aquel mechero y quería fumar caldo y llevar mandil de cuero. Como Ramón.

(A Ramonín. Guardián de la memoria de su padre)
 

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