No hace tanto, que llegara un helicóptero a un pueblo alegraba el día, se convertía en la noticia de la jornada y todo el mundo salía a ver quién gozaba del privilegio de volar. Calleja, por supuesto, todavía no había dado el pelotazo, andaría soñando con volar en el molino de sus tíos allá en Fresno de la Vega.
Cuando hacían aquellas macrofiestas en el Valle de la Guzpeña y se anunciaban sobrevolando los pueblos y el corro de lucha de Prioro tirando octavillas desde un helicóptero se convirtió en una señal de poderío que era imposible negarse a acudir a ellas. Lo de volver era lo más complicado, hubo hasta quien se le olvidó que había llevado coche y allí lo dejó.
Tuvimos en La Crónica, la vieja, un patrón (dueño, le decían) cuya mayor señal de poderío era que tuvo que comprar un helicóptero para visitar tanta obra como tenía, antes de arruinarse...
¡Un helicóptero, un helicóptero!
Pero aquel grito de admiración que siempre provocó quien sabe volar se convirtió en temor en los últimos tiempos. La mayoría de los modernos pájaros de metal son pájaros de mal agüero, vuelan camino de algún rescate o, sobre todo, especialmente en el último verano, intentan casi siempre en vano sofocar con sus aguas el pánico que arde.
Hasta las piscinas dan de beber el pájaro. El intento es loable.