Es uno de los pocos mandamientos en los que creo: «Todo privilegio es indigno» ¿A santo de qué? Después aparecen los imputados, los chorizos, los chulos, los señoritos faltones, las listas de aprobados que parecen haberse quedado en cuatro apellidos de los miles que contemplaban las viejas guías de teléfono... aparecen los que tiraron de privilegios.
No se puede repetir que estás en «la casa de todos» pero entra quien tu digas, cierran calles para que tu aparques mientras ‘los otros’ dan vueltas y vueltas, puedas llegar tarde y sentarte el primero además de hacer esperar, que haya dos palcos vacíos en una sala abarrotada y gente que no pudo entrar... pequeñas historias, que parecen sin importancia, pero que tienen una cruz, el que siempre se encuentra en la última fila, el que no aparca, el que nunca mete la llave con ese gesto de suficiencia, como contaba el gran Agustín García Calvo: «Cuando veas al hombre de banca dinámico y grave, / que en la ranura de su coche introduce la llave / mientras habla con un cliente importante / y con mano segura agarra el volante... / Verás, si te fijas en el cristal, / la cara del que sabe».
¿Autoridades? ¿qué son? ¿quiénes? Tal vez la RAE lo resuelva, aunque sea en la cuarta acepción y después de frases rimbombantes –que desquiciarían al ‘Melladín de Pedrosa’– cuela un sinónimo: «legitimidad».
Abrimos otro melón ¿Y la legitimidad, dónde vive?