Yo de moda se lo mismo que Belén Esteban de mecánica de fluidos, pero sí se me agolpan los recuerdos de cuando andábamos en chanclos y chirucas.
Eran años en los que las excursiones de fin de curso en la escuela tenían como destino, año tras año, Gijón, porque lo importante no era la ciudad sino el mar que, nos decían el maestro y el cura, ya que era una excursión conjunta de la escuela —Nacional, le decían— y la catequesis: «El mar nunca es igual, cada año vemos un mar diferente». Y para aumentar la diversidad cada fin de curso accedíamos a la playa por una escalera diferente, por más que la magia de ‘la escalerona’ nos subyugaba a todos.
El segundo aliciente de la excursión era «comprar unos náuticos», que era algo así como el sello que certifica que habías ido a ver el mar. Cuando te daba tu madre el dinero para ‘los náuticos’ ya te avisaba... «que no te queden pequeños, que con el agua igual encogen». Y como mar no teníamos a mano en el pueblo (ni en la capital, que ahí no había ‘distingos’) pues los metíamos en lo más parecido que había a mano, los charcos, el barro, la nieve o una balsa de regadío en el Condado, que es el caso ... y destrozábamos aquella seña de identidad de nuestra excursión, con un disgusto familiar terrible.
No os digo más, el propio Dieguito no los ha vuelto a poner.