Si aquellos guajes que cada domingo por la mañana acudían al barrizal o la tierra seca (depende de la estación del año) del campo de fútbol del final del barrio de San Mamés hubieran imaginado que llegarían días en los que habría que darle al campo en el descanso la humedad correcta, que el gran Pep tendría como mayor queja la altura del césped que ellos no vieron ni nacer o, de aurora boreal ésta, que otro genio sin lámpara creía que jugar con sol podía desajustar los chacras de los fenómenos...
También aquellos guajes se fijaban mucho en los horarios de su partido, porque si jugaban a primera hora debían llevar las botas de ballet porque se iban a pasar el partido resbalando sobre las planchas de hielo de las invernales heladas de la capital del frío; que si jugaban a media mañana todos querían correr por el extremo en el que daba el sol pues se iba deshaciendo el hielo; pero si les tocaba a última hora lo mejor eran las botas de caña alta pues el barro y el chapapote les llegaba a los tobillos y sacar el balón del infierno le confería a quien lo lograba la titularidad y la capitanía. Y atreverse a despejar de cabeza convalidaba dos cursos de peligrosidad laboral.
Y, sin embargo, de aquel barrizal y otros parecidos salieron las mejores glorias de este deporte y defendieron la camiseta blanca que desde que llegaron los aspersores, la alfombra verde, la altura precisa y el horario que manda la tele es más bien una legión extranjera que besa el escudo... y se va.