Con solo verles los pies ya entiendes que ahí conviven tres generaciones y, si te atreves, se abre la puerta a conjeturar qué calzará la cuarta generación, la que completa el siglo si damos por bueno que cambian cada veinticinco años.
El paisano de las madreñas y lo que representa, más que generaciones sobrevivió a siglos. La longevidad del histórico calzado tiene mucho que ver con asuntos para nada menores, que diría el expresidente. Son calientes y secas, caminan sobre el barro y los charcos con una facilidad que nadie ha superado y, anota, te las hacían en el pueblo esos paisanos curiosos trabajando la madera, los madreñeros.
Por cierto, algo tendrá que ver que ya no queda ninguno en la provincia.
La zapatilla de felpa, de cuadros o negra tanto da, fue como un camino intermedio entre la madreña y el futuro, no se abandonaba el calor y la comodidad pero sí se renunciaba a lo que se había convertido en una seña de identidad que, alguien un día, pusieron de moda denostar, como símbolo de lo rural, de pueblo o, con más mala leche, pueblerino.
Y al ver a la rapaza moverse en su patinete, ágil y rápida, los otros no pueden evitar la pregunta: «¿Qué calzado llegaremos a ver». Ni idea.