Se fue desmoronando la pared, piedra a piedra; se hundió el tejado, cundo las uralitas cedieron en su dureza ante la lluvia persistente y sin que nadie hablara del peligro de su amianto; las alineadas piedras se hicieron montones; los restos el techo de teito esperan enredadas el juicio final de algún fuego; y se consumó el ruinoso destino que llevaban años anunciando, temiendo, pero inevitablemente cumpliendo.
Ya hacía muchos años que ninguna carta acababa en el histórico buzón del pueblo, ya no se escribe a los parientes en Ultramar, las enamoradas del lugar no se asoman al alto de la calleja para ver si el cartero deja un sobre, ya no existe la mili desde la que se escribía y se recibía, para bien o para mal, pero se hacía siguiendo las pautas que enseñaban aquellos maestros de escuela, que tampoco existen, ni escuela ni maestros, también se han hundido.
Y después del estruendo que rompió el silencio de las noches en las calles vacías (¿bomba? –han vuelto los tiempos de guerras–; ¿truenos? –no se han ido los tiempos de tomentas–...), entonces los perros ladraron. Dicen que es mala noche aquella en la que los perros le ladran a la luna.
Y aquella noche ladraron.
Y aquella noche había luna llena.
Al amanecer del siguiente día, como dice la Biblia en el pasaje de la creación, las máquinas apartaron las piedras de la carretera, alguien recogió y llevó los perros que ladraban... y se volvió a hacer un silencio aún mayor pues ya no quedan perros que ladren a la luna y los gatos prefieren tomar el sol sobre algún banco de piedra esperando entre lagartijas a los últimos niños del pueblo, a que vuelvan de la escuela.