No está en absoluto documentado -aunque haya chascarrillos y leyendas urbanas- que ningún trato cerrado con un apretón de manos haya quedado sin cumplir, que un tratante no haya pagado, que un ganadero no haya entregado la vaca después de soltar las manos cuando el tercero en discordia decía aquello de «a partir, tú subes un poco y él quita lo que falta para encontrarse y la conrrobla la paga el que no lleve la cuerda».
Se soltaban las manos y no hacía falta la presencia de ningún ilustre notario del no menos ilustre colegio del ramo.
Y eso que estamos hablando de unos tiempos en lo que una vaca era media vida, que las perras estaban más contadas que los hijos que se sentaban a comer cada día, pero cuando a uno le adjudicaban la condición de paisano ya no había manera de serle infiel o deshonrarla.
¿Qué coños ha pasado para que nadie crea el apretón de manos de aquellos a los que han dado el trato de señoría, ilustrísima y otras zarandajas.
Una cosa es el trato que tú te ganas y otra el que otros te dan. O regalan.