Creo que nos equivocamos con lo de las señas de identidad; o, más bien, que nos venimos arriba, nos ponemos extraordinarios, tan arriba que desde abajo nos cuesta trabajo verlo.
Cuando nos repiten que somos hijosdalgo de armas tomar y solar conocido no nos acabamos de ver representados en esa otra realidad de que nadie nos hace ni puto caso, que podemos estar una semana sin luz y se resuelve en media columna de un periódico que se digna hacernos caso; que no tenemos teléfono y no falta el simpático que remate con el «ni falta que les hace», recurriendo a la media verdad de lo felices que estamos incomunicados... Que la carretera que nos prometieron en las anteriores elecciones queda para las siguientes.
Sinceramente, nos parecen mayor seña de identidad las puertas abiertas simplemente con tirar de la cuerda para que el vecino pueda entrar a coger pan y sal; es más de nuestra cultura la bolsa colgada a la puerta para que el panadero deje dentro la barra de pan; es más real que te llamen para jugar la partida porque falta uno y no jugarla es una derrota irreversible...
¿Que somos hijosdalgo? La verdad, ¿quién lo diría?