Los chavales jugaban un partido de fútbol en las praderas más altas y vieron con asombro cómo un rayo impactaba en el bosque para, tan solo unos segundos después, arrancar un fuego que sembró el pánico heredado de las noticias de aquellos días de verano, cuando el fuego se comía hasta los pueblos.
Algún extraño código genético funcionó en aquellos chavales que para todo ‘tiran’ de watshap, instagram o similares y ni miraron para sus móviles. Unos corrieron hacia el fuego y los más rápidos bajaron hasta el campanario y con nervios compulsivos tocaron las campanas sin cesar. No sabían de la existencia del toque «a fuego» pero lo estaban haciendo, siendo un inapelable argumento a favor de la lógica del funcionamiento de las campanas y sus toques; que de igual manera encoge el corazón cuando hacen su triste toque a niño muerto, que te sobrecogen cuando tratan de espantar las tormentas que muestran sus negros nubarrones por encima de las peñas más altas.
Ni que decir tiene que llegaron a tiempo aquellas campanas para que el fuego nacido de la ira de un rayo pudiera perpetrar sus tristes intenciones. Como muchas de esas mujeres que se llaman Nieves dan fe de que tuvo éxito aquel toque «a espalada» cuando el parto de su madre se complicaba; y sobre una camilla artesanal, muchas veces una escalera, fueron bajando de pueblo en pueblo por la vereda que hacían quienes fueron convocados a toque de campana... igual que habían salido los del siguiente pueblo convocados de igual manera, hablando, llamando las campanas desde ese campanario que siempre convoca, nunca dispersa.
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