La cadena –la del mastín no la de la bicicleta– sobra, al perro ni se le pasa por la cabeza importunar a los rapaces de la bicicleta; todo lo contrario, habrás visto niños subidos a lomos de un mastín, tirarle de las orejas, pedirle que se levante, las mil perrerías... y él ni se inmuta.
Nadie sabe mejor su oficio que niños y mastines. El de los ‘guajes’ lo definió como nadie el entrañable Braulio El Lugareño que cuando alguien reñía a un niño en su bar de Almuzara porque no paraba quieto él le recordaba: «Las únicas obligaciones de un niño son tener mocos y ser trasto».
Y eso lo saben bien los mastines, como perfectamente conocen que su profesión es proteger de los lobos y tumbarse al sol cuando los enemigos del rebaño no andan cerca, además de ladrar ronco para que se sepa que por allí vive la paz de un rebaño, la sabiduría de un pastor, el trabajo de unos careas y una naturaleza que se protege contra el fuego como siempre hizo, no dejándole comer combustible.
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