Cuando el escultor Ángel Peres se vio inaugurando una exposición en el impresionante espacio de la Ferrería de San Blas de Sabero, reconvertida en museo, dijo sentir que estaba mostrando su obra «en una catedral, concretamente en la Catedral del Hierro».
Después se quedó mirando a las reproducciones de las viejas máquinas, a los hornos, a las historias de los obreros y matizó:«La Catedral de Hierro... y el sudor». A sus ojos de artista, que siempre van ‘más allá’, no se le escapaba que el cuadro no estaba completo si no veía la cruz de su belleza, el sudor.
Ayer la ciudad estaba tomada por los carros engalanados, una mañana para recordarnos que la capital es la suma de nuestros pueblos, el puerto donde desembarcan los sueños de labrantines que durante muchos amaneceres fueron a mercar y en los años del merecido júbilo se quedaron en los pisos comprados, toman el sol, juegan a los bolos... y ayer se volcaban para ver los carros del recuerdo, los pendones de la fiesta, los vestidos guardados en el arcón, la memoria de los bailes en las gaitas y tamboriles...
Era la memoria del pasado, de los sudores pero sin los sudores, de igual manera que los carros llevan un gancho incorporado para echarle ‘cuarta’, como en la foto de Cabrera, pero no a otra pareja de vacas sino a un tractor o un camión. Carros que en la mayoría de los casos es el último que hizo el carrero del pueblo, que ya hace años que murió, y algunos hasta tienen que alquilar vacas o bueyes, que ya nadie unce la pareja, casi nadie la enseña al yugo, pocos presumen de que la Mazurca y la Guerrera son la mejor pareja, tiran por lo que se les ponga delante.
Ayer revivía la memoria de todos ellos, engalanada.