Siempre se ha contado en la comarca, en los alrededores del monasterio de Eslonza (así como otros similares) que piedras y piezas salidas de esos históricos edificios están sembrados por paredes, corrales, casas y calles de toda la ribera. Al margen de que la fachada (en caso de Eslonza) fuera expoliada piedra a piedra hasta la iglesia de Renueva de León.
Y te hablan y enseñan esquinazos en los que destacan algunas piedras que pronto se ve que están cargas de historia y viejo esplendor, pero también de otras que hacen pared en cualquier huerto, perdidas en el anonimato; no falta en algún pueblo cercano un banco de piedra colocado sobre unos potentes troncos de madera sin que quienes se sientan al sol imaginen los siglos que le sustentan y nunca falta la historia de algún bebedero para las gallinas que incluso fue una pila en la que históricos personajes recibieron las aguas bautismales. No falta quien tiene mosaicos romanos —de Quintana del Marco, por ejemplo— en los azulejos de la trébede de su cocinas...
Decían en tiempos que en esta tierra dabas una patada y salía un resto romano. Pues de la misma filosofía de aquellas riquezas escondidas u olvidadas encontrarás que posas el paraguas en cualquier soportal y debes celebrar que, al menos, no sea un bebedero para las gallinas.