Sé que le estoy revolviendo el estómago a unos cuántos lectores al leer lo del anís. No son pocos los que debutaron en su primera cogorza con una de anís y todos repiten que no hay resaca más insoportable; son muchos los que no volvieron a probarlo y se apartan espantados de su olor cuando alguien lo pide a su lado.
Sin embargo, el instinto de supervivencia —del anís— le permitió sobrevivir con otros usos y costumbres, en los que es indispensable:
Hubo décadas que una boda no era oficial no cuando se intercambiaban los anillos o se besaban sin recato sino cuando los camareros de la boda pasaban con los licores y las mujeres pedían anisete, los caballeros coñac y los medipensionistas sol y sombra, el sol y sombra era una seña de indemnidad.
Como lo era para los mineros tomar en la tasca que estaba a la entrada del pozo un copazo de orujo rebajado con una gotas de anís. Y las señoras que tomaban el te en el Alaska, o similares, pedían a los camareros «una gotina de anís» sin saber qué decir cuando algún socarrón les preguntaba: «¿Del mono?».
Y los asturianos tienen una palabra que no hace falta el diccionario para entenderla, la escuchas y sabes, y cuando toman los clientes un café o una infusión les animan: «Mejor con pingarates, dale un poco de chispa».
- Pues sea, con pingarates... De anís.
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