Siete corros diferentes... y un solo ‘dios’ verdadero, que dirían aquellas generaciones que les tocó el catecismo, la catequesis y hasta los campamentos de la OJE con sus himnos marciales.
El dios verdadero es el que gana, como en todos los aspectos del vivir en esta cultura de vencedores; sin embargo, los corros –sobre todo en lugares como Riaño, llenos de turistas que van a ver qué es eso de los aluches, el luchódromo y un deporte que solo se practica en media provincia– son un mundo diferente para cada aficionado, más bien cada espectador. Para uno es captar una imagen que llevar a las conversaciones de las pasadas vacaciones, para otros un lugar al sol con combates de telón de fondo, Puro (el más atento) reflexiona sobre qué pudo fallar para perder con los puños que él tiene...
Y los del perro ignoran que una de las mayores «calentadas de tartera» (así le llaman aquí a la tangana) de la historia de la lucha llegó cuando un perro suelto irrumpió en el redondel. Aquello acabó casi como el rosario de la Aurora: la pionera árbitra, y dueña del perro, llorando; el árbitro de la grada al que pedían que tomara el silbato rompió su carnet; el doctor Antonino, debutante aquel día, dijo que no volvía a la lucha ni a coger duros; el del micro llamaba a la guardia civil que no había y también se fue... Y el broncas de turno tuvo una idea: «Hay que tirarlos a todos al pantano». No era Riaño, era Lodares.
Por cierto. El más atento, el perro.
Añadir La Nueva Crónica como fuente preferida de Google de forma gratuita
Mantente informado con las últimas noticias de actualidad.