La mayoría de las veces cuando se abre un museo es que ha muerto antes lo que iba a albergar bajo su techo. El de la industria, el de la minería, el del botijo, de molinos, arados, fesorias, el León romano, la casa que hizo Gaudí para un señor que vendía cosas... y derivados.
Nos aferramos a que no muera su recuerdo, como por otra parte suele ocurrir con todos los que se van, y nos intentan consolar/engañar con aquellos tópicos de que uno no se muere del todo mientras lo recordemos. Más prácticos son los oficiantes de la despedida, religiosa, que hasta te piden que estés contento porque han tenido la suerte de poder ir para el cielo...
Tenemos otro museo, el de la emigración leonesa, que por estas fechas siempre instala el ‘altar de los muertos’, lleno de estampas, velas, santerías y otras miradas al más allá, donde, por cierto, no se ve nada. El único muerto cierto en esta Casona de los Pérez que los alberga es lo que antes fue, la carpintería de Miguel Pérez, allí sí que había vida. Pero una vez muertos, gozan de muy mala salud.
Añadir La Nueva Crónica como fuente preferida de Google de forma gratuita
Mantente informado con las últimas noticias de actualidad.