La gracia es un don que regalan en muy pocos sorteos; la chispa está a punto de agotarse; la socarronería vive bajo siete llaves... Así es como el mundo se está volviendo triste.
Y el saberlas contar —Gila vuelve, por lo que más quieras— ya solo queda al alcance de los elegidos.
Y así es como el mundo se está volviendo soso.
Sin embargo, el insulto lo regalan. Sin que lo pidas, pero eres tú el que decide cogerlo, usarlo y ensuciarte con él. Porque no todo el mundo tiene ese arte guasón asturleonés de llamarte fato y que en vez de insulto parezca abrazo. «Si me lo dices así hasta me hace gracia», porque seguramente la tiene.
Lo peor que le puede pasar al que insulta a palo seco es que se crea gracioso, se haga el simpático; que mire al tendido como esperando que alguien a su alrededor le ría la gracia y se retroalimenten.
Y se la pueden reír, «hay gente pa to» decía aquel torero que sí tenía gracia, tanta que para él el insulto más grave que conocía era que le dijeran de alguien que le presentaban que era gobernador. Y acabaron quitando el cargo, ya no quedan gobernadores... Insultadores sí.
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