Las máquinas, tan admiradas a su paso, no eran capaces de romper tanta nieve como la tormenta les ponía delante. Y debían acudir todos los camineros de la comarca a ayudarlas en su camino. Como en el poema de los tanques son poderosos... pero necesitan un conductor o un caminero, en este caso, o unos vecinos o tocar las campanas a espalada para que fueran los pueblos los que abrían camino.
Y nadie se quedaba en casa aunque no supieran por quién doblaban su canto de reunión.
Recuerda Rafa cómo una noche ya se dejó caer sobre la nieve, rendido, ya no podía más, y creía que nadie sabía de su caminar sobre la nieve hasta que, a punto de cerrar los ojos, vio las luces de unas linternas.
Por ello, cuando nieva nunca se sabe si maldecir los problemas que trae o bendecir los solidarios recuerdos que despierta.