Tan dados a darle nombres curiosos o grandilocuentes a lo que suele ser simplemente cobrarte por todo, a los fielatos —que aquellas gentes sabían bien lo que eran— les llamaban disimuladamente ‘estación sanitaria’, como si las perras que te obligaban a dejar allí, quieras o no, fueran por tu salud, la de tus animales o los tomates y patatas que llevaban los labrantines a la plaza para ver si le sacaban un duro a las penurias de cada día.
Recuerda esta historia a la que siempre contaba el gran Germán, el eterno camarero de Las Torres, que te decía todo serio. «Oye, cómo son las cosas en León, llevé a mi padre a un médico de pago para que le hiciera una revisión y cuando vino, después de la consulta, ya vi que me miraba al biés».
- ¿Qué tal padre?
- Bueno, allí estuve, como me mandaste, con el médico.
- Y crees que te adivinó lo que tenías.
- Pues anduvo muy cerca. Llevaba 10.000 pesetas y me cobró 9.500. Casi.
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