Aquellos tiempos en los que hablar, y contar y escuchar, era uno de los entretenimientos más preciados que tenían las gentes de nuestros pueblos nos han legado unos increíbles contadores de historias cuyas voces, por desgracia, se van apagando pues como dice Miro, el barbero de Quintana, uno de esos narradores, «hay gente se muere porque es vieja».
Vecinos que hablan al abrigo de la tapia para aprovechar el sol del invierno, al descanso de la parva o para echar las once, en el calecho de la tarde o en la hila de la noche, contadores ingeniosos del día a día. Con el ingenio de Vicente que para no decir aquella frase tan denostada entonces de hijo de soltera le daba la vuelta a su manera. «Éramos tan pobres que cuando yo nací en casa no teníamos ni padre». El mismo que dejaba en el aire otra frase llena de enigmas... «Cuando comíamos el hierro».
– ¿Cómo íbais a comer el hierro?
Y, si le daba la gana, te lo aclaraba. «Encontrábamos en el monte bombas de la guerra y yo las desmontaba; el hierro que sacaba lo llevaba a vender a Riaño y con lo que me daban por él comía». Para rematar con una sentencia: «Hasta a la guerra hay que sacarle chupe, aunque duela».
Que debe ser la misma filosofía que anima a tantas recreaciones y celebraciones de victorias y hasta derrotas; a las convocatorias de batallas y batallonas; historias y leyendas; héroes y villanos que regresan a los campos de batallas convertidas en fiestas que congregan a miles de vecinos de toda «la contorna» y más allá.
Y puestos y más puestos de venta de lo auténtico y lo imitado, de lo real y lo imaginado, de lo que tiene que ver con lo que se celebra y lo que no.
Que ya lo decía el buen paisano y mejor contador: «Hasta a la guerra hay que sacarle chupe».