Cada día se multiplica la creencia de que no hay más patria feliz que la infancia, sus recuerdos y juguetes, los olvidos de las noches oscuras en beneficio de los amaneceres en la bicicleta de la nostalgia.
Crecieron en una casa con las apreturas de una familia de diez o quince hijos, los pantalones de los hermanos mayores, los zapatos de las hermanas, las bicicletas de los vecinos, la plaza de todos, los dolores de los tiempos... y, sin embargo, a la pregunta de un recuerdo feliz solo cabe la respuesta de la infancia.
Crecieron bajo las faldas negras de la madre viuda, escuchando las lágrimas del dolor de segar al sol y el frío metido en el alma de lavar la ropa rompiendo el hielo de las aguas heladas del río... y, sin embargo, a la pregunta de un recuerdo feliz solo cabe la respuesta de la infancia.
Fueron el niño golpeado en la escuela, marcado en la catequesis, señalado en los juegos, el portero que nadie quería ser en el equipo de las porterías de postes de palos de madera torcida y larguero de cuerda floja... y, sin embargo, a la pregunta de un recuerdo feliz solo cabe la respuesta de la infancia.
Y al mirar a esa memoria en blanco y negro irrumpe sin posibilidad de opacarlos el color de los recuerdos dulcificados por el olvido... y solo cabe la respuesta de la felicidad de la infancia.
Ya, ni te cuento, cuando los recuerdos reales son también felices en toda su extensión; con cuartos llenos de juguetes y las historias que encierran, con imágenes de los días felices, con estampas de las tradiciones y costumbres a las que tanta fe se tenía en las casas y familias. Ahí no hace falta el embellecedor paso del tiempo, ahí la nostalgia es de lo perdido.