Cuando Saturnino, el actor de Bariones, logró la gloria a los 90 años con su primer papel protagonista, y hasta fue premiado por ello no acudió a las excentricidades propias del momento y del gremio, no pidió que le decoraran las paredes del hotel con pétalos de flores exóticas, ni botellas de champán, ni que le prepararan un baño con la bañera llena de leche de burra, si es que existe... nada.
Saturnino dijo que quería ir (y vino) a la Romería de la Virgen de la Vega que se celebra cada año en su pueblo, con sus vecinos, y el exotismo quedaba reducido a comer «con los señores curas que ofician la procesión»; que bien sabe aquel recordado ‘asesino de la tercera edad’ cómo se las gastan estos en la mesa.
Y es que lo que el actor buscaba era un viaje a la memoria, a los recuerdos, que tantas veces están ligados a estas celebraciones religiosas, que bien se han sabido instalar en ellas y todavía hoy hasta los programas de fiestas más irreverentes colocan en los actos del día grande lo de misa solemne.
¿Cómo crees si no que una empresa puede colocar en la puerta el cartel de Casa Fundada en el año 0001’, antes que El Nalgas.
Que hasta los caballos, que se asustan de los ruidos, miran impasibles.