Se asoma el sol y ya empiezan los ritos del verano, las ferias medievales, las batallas ganadas incluso a los franceses, los mercadillos de lo antiguo y las concentraciones de los coches clásicos; que pueden ser de los señoritos, que desempolvan sus Lamborghini —es un decir— de colección, o de Seat 600, de los curritos que rememoran cuando cargaban a la mujer, seis hijos, la suegra, las maletas en la baca y la tapa del motor levantada para que no se calentara... y a la aventura.
«Adelante hombre del 600, la Carretera Nacional es tuya» fue la canción que hizo rico al gran Moncho Alpuente, otra cosa es lo que tardó en gastarlo, e hizo furor en los karaoke de varias décadas y lo seguirá haciendo, caso de que existan estos gritos especializados en darle salida a la noche etílica.
Las concentraciones de los 600 tienen la magia de los sueños, nos recuerdan a muchos que éramos jóvenes y, como decía el propio Alpuente, «el secreto del éxito es que entonces lo único que teníamos de valor era precisamente eso, la juventud».
Otra forma más de ponernos estupendos y decir que viajamos en busca del tiempo perdido y no necesitamos siete tomos, como Proust, con un 600 nos llega. Y hasta hacemos propaganda de nuestro pueblo, San Justo de la Vega, donde nadie es forastero, que para eso está en el Camino de Santiago y el agua la pone el gran Sendo, que allí levantó una escultura que mana.