El rico de la tribu envió a su hijo a conocer mundo y cuando regresó al apartado poblado contaba cosas mágicas de la empresa en la que había trabajado: «Son unas casas que no están fijas en un lugar, van de un sitio a otro, de pueblo en pueblo, movidas por unas potentes máquinas...». .
Y el sabio, desde su equina, balbuceó: «Este trabaja en el ferrocarril pero no lo sabe». Y parece que no le faltaba razón.
Hace unos años se reinventó o se resucitó la palabra, filandón, y se iba contando de pueblo en pueblo, envuelta en sabias palabras, historias escritas en libros, teorías antropológicas, sabiduría popular...
Y una paisana como las de la foto, de La Baña en Cabrera, sentada allí sobre el banco que había sido de la casa del pueblo escuchaba y parecía como que le sonaba lo que aquellas gentes contaban, como si le ocurriera lo mismo que al sabio de la tribu y al tren... Y al regresar a casa, cuando una vecina le preguntó qué les habían contado en aquella reunión de gente muy sabia se lo contó.
– Pues hablaban del serano, pero le llamaban filandón.
– Ay chacha, lo que es darse a valer.