Están las casas llenas de rincones y de ritos que, casi siempre, nada tienen que ver con las creencias de quien las habita ¿Qué bar no coloca a un San Pancracio en la misma estantería que exhibe los décimos de lotería que vende, aunque no haya tocado nunca, como nunca entraron en la iglesia muchos de los cantineros que allí los entronizaron y no te dejan quitarlo, ni por asomo?
¿Quién no ha tenido la tentación, cuando pierde la agenda en la que tiene apuntados todos los teléfonos, de recurrir a aquella oración a San Antonio que repetía la abuela con aquellos esos versos iniciales de «admirable y esclarecido protector mío...» para rematar al descubrirla: «menos mal que me acordé de que la había metido en el cajón del aparador para que no me la cogieran los guajes».
¿Quién se atreve a quitar la imagen protectora de alguna Virgen que coloca estratégicamente la abuela cuando te ve llegar con las escaleras de tijera para alguna chapuza de baja intensidad pero que puede ser un considerable ostiazo? No es más que el moderno sucedáneo de tantas casas con el azulejo de «dios bendiga cada rincón de esta casa» que sigues encontrando en los pasillos de los amigos ateos más recalcitrantes. O la visera parasol de tantos camiones que aseguran que «yo conduzco, ella me guía».
¿Seguro? Lo que es impepinable es que venimos de donde venimos y cuando a las fotos del álbum familiar la abuela le coloca al lado algún santo protector ¿quién se atreve a desafiarla y quitarlo?
Ya lo decía aquel genio aragonés, el cineasta Buñuel, «soy ateo... gracias a Dios».
Aunque tampoco está prohibido quitar la imagen, faltaría más, pero como te caigas la preparas. Ya lo decía la vieja pintada, anarquista por supuesto: «Dios ha muerto, Marx ha muerto y yo tengo la fiebre alta».