Le ponen capa de fiesta local –la de San Antón– para concederle definitivamente la nacionalidad leonesa a ese Gaudí del que circularon tantas habladurías cuando en 1998 sentaron sus reales justo enfrente del edificio que el arquitecto catalán levantó en la capital.
La asturianía del autor, José Luis Fernández, y el gusto por la leyenda urbana que corría a la velocidad del bulo sin necesidad de las fangosas redes sociales asentaron la creencia de que era un Clarín que no había gustado a nuestros vecinos del Principado y nos lo habían colocado.
Parece que no, que sí era aquel don Antonio genial y de mal genio, que una cosa no parece estar reñida con la otra, y lo que nadie duda es que se trata del banco más veces fotografiado por turistas y lugareños que se sientan a su lado y, la verdad, no parece importarles mucho si es Gaudí, Clarín y hasta había quien le sacaba parecido con un Unamuno que, por no perder el carril, no habrían querido en Salamanca.
Lo que nadie duda es de la oportunidad de arropar y abrigar al genio catalán pues, además de las heladas que ya está soportando, se le acerca un año en el que va a tener más saraos y sainetes que hijos perdidos por el mundo de Julio Iglesias, con perdón, que no está el horno para bollos.
Es lo que tiene celebrar el Centenario, más bien que te lo celebren, que todos hablarán de tí cuando hayas muerto, que diría la película.