Nunca puede extrañar que haya imaginación o gracia, raza también, cuando de un Guerra hablamos. Sabiendo de dónde vienen se adivina hacía dónde van.
Siempre tienen que tener presente la herencia mágica de aquel don Antonio que fundó las bodegas, de la misma sangre que bebió el escritor de la mar o el wolfram, Raúl, el que no dudó ni un segundo en ponerse frente a los matones de ETA para decirles que «aquí está uno de Cacabelos para deciros que ni venceréis ni convenceréis», aunque aquella postura, de la que jamás abdicó, le costó vivir mirando por el retrovisor de la vida, con un escolta a su lado y que le quemaran la farmacia familiar en San Sebastián cada vez que los cachorros tenían ganas de patear la razón y la convivencia.
¿Y el fundador? Antonio. Nunca mejor dicho lo del fundador pues el berciano, singular como pocos, no dudó en fundar, antes de que la Coca Cola llegara a España, un refresco parecido en olor, color y sabor al que sería orgullo yankee y que él bautizó como Cola York. Hasta el punto de que los todopoderosos cargaron con todos sus equipos legales y gabinetes jurídicos contra la primera bodega española con Cola.
Le derrotaron, faltaría más, pero no le importó lo más mínimo;ahí estaba siempre el vino para nunca dejar de dar Guerra.