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¡Estamos en la gloria! La calefacción radiante más antigua

¡Estamos en la gloria! La calefacción radiante más antigua

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Toño Morala | 13/11/2017 A A
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¡Estamos en la gloria! La calefacción radiante más antigua
Reportajes Las glorias, ese sistema económico de entrar en calor durante los fríos inviernos en el sur de la provincia de León y que tanto recuerda a abuelos... "Ande yo caliente, ríase la gente"
La tarde se echaba encima en aquellos inviernos tan terribles de frío; la abuela ya andaba detrás del abuelo desde hacía rato…-¡Anda, prende la glorieta, que los más pequeños ya van teniendo frío! El abuelo sonreía, abría la puerta de la cocina y, justo allí, en el pasillo, levantaba la trapa de madera y se ponía a arrojar la gloria… de un cesto grande a los ojos de un niño, el abuelo sacaba restos de manojos de las viñas, una poca de paja trillada, y con una de aquellas cerillas hacía una lumbre pequeña, luego le metía más paja y un manojo grande de los palos de las viñas, lo empujaba con una especie de pala… y el decrepitar del fuego con aquel tiro al fondo y las llamas, empezaba lentamente a calentar el suelo de aquellas primeras baldosas. Todo un rito que previamente nada quedaba al azar; en la cuadra, pajar, o panera, esperaban los manojos de las viñas podadas en febrero; al lado, la paja trillada esperaba al cesto de mimbre; todas las mañanas, también se prendía el hogar y se ponía la trébede para hacer desde el desayuno, hasta la larga comida. Luego, al mediodía, el abuelo dejaba en el portalón, justo a la entrada de la casa, el cesto lleno para arrojar la glorieta a eso de media tarde; en los días más fríos, la glorieta se prendía por la mañana también. Al momento, todos los chavales nos sentábamos repartidos por toda la cocina, con la advertencia de la abuela… - ¡cuidado con las posaderas que luego se ponen fastidiadas!, decía entre risas. De todas las maneras, en la cocina, ya desde temprano, el hogar, la horneja, estaba prendida todo el día con el pote lleno de agua caliente para lo que fuera menester. Se hacía de noche casi a media tarde, el frío fuera era tremendo, las calles del pueblo estaban vacías, la abuela y madre escuchaban la radio, una de aquellas radionovelas que duraban años, mientras el abuelo y padre iban a la cuadra a dar de comer al ganado y a ordeñar. La hora de la cena temprana, aquellas sopas de ajo y alguna tortilla con lo que hubiera, y el pan, el magnífico pan de masa madre, de hurmiento que hacían las vecinas, cada semana o cada quince días, en una casa diferente. De nuevo un último arrojo a la gloria para mantener parte de la casa algo caliente, y para la cama… camas que ya estaban precalentadas con aquellos ladrillos que se ponían en la trébede… el resto era dormir tapados hasta la nuca con aquellas sábanas de lino y aquellas mantas de lana que picaban la intemerata, hasta hacer calor entre todos los que dormíamos en aquellas camas de uno cinco de ancho y colchón de lana. Pero no vamos a desviarnos de la cuestión que hoy nos ha traído hasta estas líneas. La gloria, la glorieta, la de frío que ha quitado en estas tierras del sur de León, y en otras partes; pero, además, por aquí, el combustible de madera era muy escaso; en mi pueblo, allá en el vallejo y, como plantados por el viento, apenas una hilera de olmos medianos, daban algo de sombra a los pastores en el duro verano de calor intenso; el resto era paja, manojos, rastrojos varios… y con eso se calentaba el personal y se atizaban los hogares para hacer las comidas tan repitadas durante años.

La gloria, «el sistema más económico de calefacción», consta de tres partes fundamentales: el hogar o boca por donde se introduce y ‘arroja’ la paja, escoba, madera o sarmientos que sirven de lento combustible (se sitúa generalmente en la cocina o en el pasillo que comunica la vivienda con el corral; muchas glorias, también tienen la entrada por el exterior de las casas); una serie de galerías que recorren, bajo el suelo de la casa, las principales dependencias,–la mayoría solo la cocina y parte del pasillo–; y una chimenea o humero recibida en el muro del final de la estancia, por donde sale el humo. Las galerías o conductos subterráneos se hacen a nivel algo superior al del hogar, y constan de una canal principal o cañón que une otros secundarios, precisamente los que llegan a las partes más frecuentadas de cada estancia (las glorias, en las casas más viejas, no recorren todas las estancias de la casa, si no que caldean la cocina y poco más). El canal principal termina en una chimenea, que sube, vaciada en el muro o adosada a él, hasta el exterior; tiene ésta una chapa (el ‘tiro’ de la gloria) que sirve de cortafuego y que se cierra al tiempo que la trampilla del hogar, una vez encendida la gloria, para conservar el aire caliente.

Tenemos una amplia descripción de las glorias de finales del siglo XVIII, según la cual, se desprende que las actuales han simplificado sus formas: «A lo largo de la sala más capaz y cómoda de la casa se construye un poyal hueco de bóveda de ladrillo, y de cuatro o cinco palmos de altura, que corre arrimado a la pared. En medio de este poyal y al frente, se abre una boca en arco de tres cuartas de alto y casi la misma anchura, cuyo centro forma una especie de hornilla, que en la parte superior tiene un respiradero, esto es, un cañón embebido en la pared o tapia de la espalda y que penetrando por ella, sube hasta buscar el aire libre. El hogar está en el suelo de esta hornilla, y el modo de hacer el fuego se reduce a encender en él unos sarmientos e ir echando encima capas de paja trillada, ni tan lentamente que se consuman del todo, ni tan deprisa que se sofoque y apague la lumbre. De tiempo en tiempo se aprieta la paja y se continúan con las capas. Ese montón se rocía por encima con agua y se cubre y aprieta con piedras para que el fuego se concentre más y más y quede del todo cobijado». Aquí queda esto de aquellos años. Una de las razones de ser de este sistema de calefacción, radica, principalmente, en la utilización de combustibles no leñosos; por ello, es en las zonas desarboladas, como la de Tierra de Campos, donde más abunda. Además, en verano, la gloria es recorrida por una corriente de aire que refresca las estancias. En casas de varias plantas, el inconveniente es obvio, dado que la gloria no calienta los pisos superiores. Generalmente, las glorias se hacen de adobe o ladrillo, y sus techos, o sea los suelos de la casa, suelen ser de baldosas o piezas cerámicas que conservan el calor durante mucho tiempo. Se cree que las glorias pudieran ser estructuras derivadas del hipocausto romano. El hipocausto; es preciso dar algunas pistas históricas para comprender la morfología y el funcionamiento de este gran invento. Tras la Reconquista Cristiana, llegó la Edad Moderna con la repoblación de un territorio cada vez menos arbolado, más cerealista, más modificado por el hombre. Mucho influyeron las grandes deforestaciones que alimentaran los astilleros en la expansión colonialista española, a partir del Siglo XV. Los hipocaustos ya milenarios seguían allí, con su conocida capacidad de combustión lenta por regulación del flujo de aire... el sistema se perfeccionó para prescindir de la leña, cada vez más escasa, y así, quemando paja, ramas finas y desechos agrícolas, este sistema de suelo radiante rebautizado en castellano como gloria ha servido durante siglos para paliar la crudeza de los inviernos. Existe también un pariente menor de la gloria: la trébede, que además de calefacción servía de hogar para cocinar. El vocablo deriva del latín ‘tripĕdis’, trípode de hierro que facilita la cocción de alimentos elevando la olla sobre el fuego: precisamente la trébede es una elevación parcial del suelo de la habitación, con el hogar en la misma dependencia, donde se combinan cocina y gloria. Es una solución más económica pero igualmente funcional. Lo cierto es que, hasta la segunda mitad del siglo XX, la gloria y la trébede conformaron el sistema de calefacción y cocina por nuestras tierras, junto al hogar tradicional. En palabras de un vecino: «era la calefacción que se usaba en la habitación común de la casa, la cocina, donde nos reuníamos todos después de trabajar: el padre en el campo, la madre en la casa, los críos en la calle y escuela…» Y recuerden… «Ande yo caliente… ríase la gente…». Góngora nos sigue.
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