Pocas localidades pueden presumir de reunir en un mismo territorio algunos de los paisajes más icónicos del norte de España, una historia que marcó el nacimiento de un reino y un modo de vida que sigue ligado a la naturaleza. Cangas de Onís es mucho más que el punto de partida hacia los Lagos de Covadonga. Es una ciudad con identidad propia, donde el viajero descubre que la montaña no solo se contempla: también se vive.
Situada entre los ríos Sella y Güeña, a menos de media hora de la costa cantábrica y abrazada por las primeras estribaciones de los Picos de Europa, esta fue la primera capital del Reino de Asturias tras la victoria de don Pelayo en la batalla de Covadonga. Lejos de quedar anclada en el pasado, hoy combina patrimonio, turismo activo, gastronomía y pequeñas aldeas que conservan intacto el pulso de la Asturias rural.
Un puente hacia la historia
Toda visita comienza inevitablemente junto al puente medieval que cruza el río Sella. Conocido popularmente como Puente Romano, aunque su estructura actual data del siglo XIII, es la imagen más reconocible de Cangas de Onís. Bajo su arco principal cuelga una reproducción de la Cruz de la Victoria, el gran símbolo del Principado, mientras el agua baja cristalina entre truchas y salmones que encuentran en este tramo del río uno de sus hábitats más conocidos.
Muy cerca se encuentra la iglesia de Santa María y la singular capilla de Santa Cruz, construida sobre un dolmen prehistórico, una muestra de cómo distintas épocas históricas se superponen en un mismo espacio. Las calles del centro invitan a caminar entre pequeños comercios, confiterías, sidrerías y terrazas donde el tiempo parece transcurrir con otro ritmo.
El camino hacia Covadonga
Resulta imposible hablar de Cangas de Onís sin detenerse en Covadonga, uno de los lugares más simbólicos de España y el corazón espiritual de Asturias. A tan solo doce kilómetros de la ciudad, la carretera se adentra en un valle cada vez más estrecho hasta desembocar en un enclave donde la naturaleza y la historia parecen inseparables.
La tradición sitúa aquí la batalla de Covadonga (722), considerada el inicio del Reino de Asturias. Este enclave se ha convertido en uno de los grandes símbolos de la identidad asturiana y en un importante centro de peregrinación.

El recorrido comienza en la Santa Cueva, excavada en la roca y suspendida sobre una cascada que alimenta el río Deva. En su interior descansan los restos de don Pelayo y de otros miembros de la monarquía asturiana, junto a la imagen de la Virgen de Covadonga, conocida cariñosamente como la Santina. El sonido constante del agua, la humedad de la piedra y el silencio del entorno crean una atmósfera difícil de describir, incluso para quienes llegan sin motivaciones religiosas.

A pocos pasos se levanta la Basílica de Covadonga, inaugurada en 1901 y construida íntegramente con piedra caliza rosada extraída del cercano Monte Auseva. Su estilo neorrománico y su privilegiada ubicación la convierten en uno de los edificios más fotografiados de Asturias. Muy cerca se encuentran la Colegiata de San Fernando y el Museo de Covadonga.
Lagos, miradores y senderos
El ascenso a los Lagos de Covadonga es una experiencia en sí misma. La carretera serpentea entre laderas cubiertas de pastos hasta alcanzar los lagos Enol y Ercina, dos joyas glaciares situadas a más de mil metros de altitud en el Parque Nacional de los Picos de Europa.
Aunque la mayoría de los visitantes se limita a recorrer sus orillas, dedicar unas horas a caminar permite descubrir una dimensión completamente distinta del lugar. Una de las rutas más recomendables es el Sendero Circular de los Lagos (PR-PNPE 2), de unos seis kilómetros que enlaza el Enol, la majada de La Rasa, el mirador de Entrelagos y el lago Ercina. El recorrido atraviesa antiguas zonas de pastoreo donde todavía es habitual encontrar vacas casinas, ovejas xaldas y caballos en libertad.
Quienes busquen una panorámica más amplia pueden acercarse al Mirador de la Reina, desde donde el valle de Cangas de Onís aparece a los pies del visitante, o continuar hacia el Mirador del Príncipe, uno de los balcones naturales más espectaculares.
Para senderistas con mayor experiencia, desde los lagos parten rutas hacia la Vega de Ario, un recorrido de unas tres horas de subida que atraviesa pastizales y antiguos refugios de pastores antes de abrirse a una de las mejores vistas sobre el macizo central de los Picos y el profundo desfiladero del Cares.
Más allá de los lugares conocidos
El municipio guarda numerosos rincones alejados de los itinerarios más concurridos. La ruta hasta la Majada de Belbín permite acercarse al mundo pastoril que ha dado fama al queso Gamonéu del Puerto. En verano aún pueden verse cabañas donde continúa elaborándose este queso siguiendo métodos tradicionales.
Otra propuesta interesante es recorrer parte del valle del Güeña, salpicado de pequeñas aldeas como Corao, Llano de Con o Soto de Cangas, donde la arquitectura popular conserva hórreos, paneras y casonas de piedra.
También merece una visita el Monasterio de San Pedro de Villanueva, uno de los conjuntos románicos más importantes de Asturias, cuyos orígenes se remontan al siglo VIII y que hoy continúa dominando un tranquilo rincón junto al río Sella.
El sabor de la montaña
La cocina local refleja el paisaje que la rodea. Las fabas, la carne de ternera asturiana, el cabrito, los embutidos caseros o el famoso cachopo forman parte de una gastronomía sencilla, basada en productos de proximidad.
Entre todos ellos sobresale el queso Gamonéu, probablemente el gran embajador gastronómico de la comarca. Su ligero ahumado, el afinado en cuevas naturales y la riqueza de los pastos de le otorgan un sabor complejo que cambia con las estaciones. Muchas queserías organizan visitas para conocer un proceso de elaboración que apenas ha variado con el paso del tiempo.

Todo ello suele acompañarse, cómo no, de un culín de sidra servido según la tradición asturiana, escanciado desde lo alto para despertar todos sus aromas. Un plan ideal para cualquier época del año.