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Escuela de maestros

Escuela de maestros

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Don Víctor y sus alumnos, ante la Escuela ‘Universidad’ de Villaseca, la de ‘las moreras’ Ampliar imagen Don Víctor y sus alumnos, ante la Escuela ‘Universidad’ de Villaseca, la de ‘las moreras’
Antonio Barreñada | 11/08/2019 A A
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Escuela de maestros
La Sobarriba Los maestros, pocos personajes hay más importantes en el caminar de esta comarca de la Sobarriba; impredonable sería pasar de largo sobre su recuerdo
'Las Nieves’ acaban de celebrarse en Marne, en el antiguo ‘Tenor de Abajo’ de la Hermandad de La Sobarriba. Vecinos de todas las edades, incluidos niños (vale la pena vivirlo) están de hacendera, dejando guapo el pueblo; cuando acaben el trabajo comunal compartirán cena en la Casa de Concejo, el edificio nuevo, donde se entrenan los aluches, levantado a pie de la que fue escuela. Siempre estuvieron juntas ‘Casina’ del Pueblo y Escuela, como las viejas, más cerca del río, que también tenían al lado la ‘Casa de los Pobres’. Hay niños, pero hoy ya no quedan pizarra ni pupitres en Marne. En todo este territorio, después de los ‘exilios’ de las que se llamaron Agrupaciones Escolares de los años ochenta, un Centro Rural Agrupado, el Ribera del Porma’, con dirección en Santibáñez (ayuntamiento de Valdefresno), mantiene una escuela, el CRA se extiende a los municipios de Vegas del Condado, con otra escuela y al de Villaturiel, con dos.

La vida, las cosas, han cambiado. Quizás algo se ha ganado cuando ya no hace falta un trampantojo de hule para dotar de biblioteca a las aulas que pocos libros disfrutaron, o cuando estamos en lo de la fibra óptica (que Dios y la Junta dirán), habiendo llegado el teléfono a La Soba, y por ondas, bien entrados los ochenta. Pero, ahora que tan de moda se pone, algo de la nuestra España vaciada (lo de ‘vacía’ dice poco), se debe también a habernos vaciado de escuelas, de maestros… y maestras. Es algo así como lo que le ocurre a nuestros abuelos: “no se caen y se rompen la cadera, sino que caen porque la cadera rompió”.

La escuela es puerta para salir a la vida; malo si no se abre y peor si se cierra. “Hasta la Guerra Civil se salió muy poco a estudiar carreras, si acaso se iba a algún pueblo que tuviese un maestro o maestra de fama. En los años cuarenta se empezó a salir a estudiar”, decía un paisano de este pueblo, Marcos Martínez Vadillo, en sus Apuntes para la historia de Marne. La memoria de los de la tierra, como los de otras, está muy marcada con quienes les dieron primeras, fundamentales, letras y números. Se recuerdan ‘sin acritud’, más bien con coña, las personalidades menos dignas (maestrones de pocas luces y muchas sombras humanas, como alguno que después de haber llevado a los rapaces a plantar árboles “rompió tantas varas en nuestras costillas”), pero no se olvida, con manifiesta gratitud e incluso orgullo, haber pasado por las viejas aulas de quienes excedieron la obligación del puesto con la voluntad de redimir las necesidades de, no sólo los chiquillos a ellos encomendados, sino todas las gentes de aquellos lugares.

No se olvida en Corbillos de La Sobarriba a doña Paquita Fernández Largo, la de Huelde, más de cuarenta años en el pueblo, que se preocupó de provocar en sus discípulos interés y gusto por ‘la Poesía’ o la pintura, y quien siguió la senda emprendida por su predecesor, don Toribio, dando en las tardes-noches clase a los mayores. Los de Marne dicen que no tuvieron esa suerte, que “los buenos maestros los tuvo siempre Villaturiel, don Paulino, don Emilio…”, pero mantienen la añoranza de don Secundino, el que era de Villiguer, que estuvo poco, pero “con el que progresábamos todos”, y, si a lo mejor no tanto por maestra como vecina, por doña Dolores Pinto Maestro. “Ahora: los de aquí que quisieron hacer carrera, todos bicicleta y a Villamoros, con don Olegario Pérez Manga. ¡Los que metió en la Caja de Ahorros!”, cuando era ‘La Caja’.

Esa senda fue la de doña Mª Cruz Bartolomé (‘doña Crucita’ para los que contaron con la suerte de tenerla por maestra), la de Villavente, a la que se le dedicó calle que hace plaza de pueblo. Gracias a ella, como recordaba el profesor de nuestra Facultad de Veterinaria Fernando de la Fuente, “nuestros padres vieran la oportunidad y necesidad de que continuáramos ampliando nuestros estudios, ayudándonos para el ingreso en el Instituto, para la Universidad…” A ella se debió que Villavente tuviera una de las tasas más altas de graduados superiores de los años 60-70, a ella y a su marido, quien como en tantos otros casos, fuera prolongación del compromiso del/la titular de la plaza.

Y esa misma fue la senda de don Víctor García Castañón, maestro de Villaseca. Quienes recibieron su formación destacaron en algo más que preparación para la vida. Desde los extremos, límites municipales y más allá (de la venta de Los Ajos a Represa o Villamayor, a 14 kilómetros) hacían los caminos de herradura y barro mozos de mili cumplida que tenían la necesidad acuciante de resolver lo suyo con un empleo. La Escuela de Villaseca, la de don Víctor, fue conocida como “la Universidad de La Sobarriba”. Allí la labor contaba también con auxilio, el de La hermana, doña Carmen, la que, con su cadencia, advertía al maestro de los peligrosos y repetidos intentos de emular a Tarzán de alguno de aquellos indómitos e indomables: ¡Ví’tor, ya está la mona subida a la morera!”. La vieja morera se resiste a sucumbir y sigue dando la sombra buena a pie de la vieja escuela, que después fue teleclub. No lo tuvo fácil don Víctor, observado con mucha atención por otras ‘fuerzas vivas’ de menos grato recuerdo. Alguna ‘tara’ había en su historial, como la de haber presidido mesa electoral en Valdefresno en 1932, pero ‘salvó’ añagazas que pudieran haberle hecho una víctima más del infame proceso general contra maestros.

Después de estudios como los de Wenceslao Álvarez Oblanca, Beatriz Mayo Lorenzo recogía en su obra “La represión de maestros en la provincia de León durante la Guerra Civil” (2014), entre los 920 consignados, 12 expedientes de la ‘Comisión Depuradora’ a titulares de las 33 escuelas de pueblos de los ayuntamientos de Valdefresno y Villaturiel. Los cargos contra ellos fueron, como en la generalidad de casos, consecuencia de ‘denuncias’ contra su ser o sentir en los terrenos político y religioso, profesional, social o ideológico. No consta que en la comarca de La Sobarriba la represión entre los maestros alcanzase cuotas de sanción desgraciadamente más altas que administrativas (incluso el ser apartado de la profesión en algún caso), pero no puede olvidarse historia que, a su tragedia, une otras marcas de lo más alto y lo más indigno de nuestra condición:

En 2011 el ayuntamiento de Villaturiel tributó homenaje a la entonces centenaria doña Nieves González Marcos. El hecho fue recogido por agencias y medios de prensa. En entrevista realizada por el inolvidable Vicente Pueyo se decía que en Villaturiel, en ‘su escuela’, Doña Nieves “rememora tiempos felices como cuando conoció a su primer novio, el médico del pueblo. "Me lo mató la guerra, estábamos a punto de casarnos, pero dejemos la guerra...". Había llegado de maestra coincidiendo con el que fuera médico y juez municipal (y profesor de educación Física en el instituto de la ciudad), don Mateo Barrallo Pérez, de Santa Marina del Rey. Mateo sufrió, como sus hermanos Andrés y el maestro Guillermo (como tantos otros), denuncias “por rivalidades profesionales” que le llevaron ante la ‘Justicia Militar Eventual’. Detención, puesta en libertad, huida a Portugal por miedo a represalias, entregado por la policía portuguesa, internado en San Marcos, procesado y condenado el 5 de enero de 1938, pasado por las armas en el campo de tiro de Puente Castro a las siete de la mañana del 8 de marzo.

El sumario de su causa (54 folios recuperados del Archivo de Vigo por miembros del colectivo para la Recuperación de la Memoria Histórica) da cuenta de gran parte de lo sucedido, incluido que el 20 de julio de 1936, cuando se produce el alzamiento del Regimiento de Burgos en la ciudad de León, desde el Novelty, donde había estado comiendo, Mateo iba a buscar a su novia, Mª Nieves, para tomar café y pasear… Otras cosas sólo quedan en esa otra memoria, colectiva, desde donde te cuentan que “hubo orden de que al caballo del médico no se le diera de comer ni beber, y, anduvo por la calle sin que nadie se atreviera a hacerlo, hasta que cayó muerto”.
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