Lo de escalar y desescalar tiene su miga. Obliga incluso a movimientos improvisados por parte de la Real Academia de la Lengua o a comentarios generosos y permisivos del lado de la Fundación del Español Urgente. Estos últimos andan locos en los últimos tiempos con su listado de consultas y recomendaciones: viricida, plasma de convaleciente, gran confinamiento, chinocentrismo, seroprevalencia…, lo que nos da una idea de cómo se encuentra la salud en el campo semántico de este país, que es en gran medida su pensamiento. Y, claro, hay quien acude a consulta y hay quien directamente asume vocablos porque suenan y resuenan y eso les da como un salvoconducto de relevancia; máxime viniendo de donde vienen. De haber sido posible, hubiera resultado más que interesante poner la oreja en la barra de los bares para constatar que de repente nos hemos hecho expertos, bien en alpinismo, bien en álgebra lineal, bien en calcos de la lengua inglesa. Cualquier cosa menos ser lo que somos, es decir, expertos en pandemias.
En esos ires y venires andamos mientras no acaba de llegarnos ni la reducción ni la disminución ni la rebaja ni el descenso ni la relajación, todas esas formas del castellano común y corriente que no necesitan de más explicaciones ni de teatros para la oratoria. Román paladino, lo llaman.
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