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En el cuarto oscuro

En el cuarto oscuro

EL BIERZO IR

En el cuarto oscuro. | Casimiro Martinferre Ampliar imagen En el cuarto oscuro. | Casimiro Martinferre
Casimiro Martinferre | 26/07/2015 A A
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En el cuarto oscuro
Territorio. Capítulo 43 "La fotografía analógica apesta, si nos atenemos al jaleo de chismes y químicos imprescindibles para funcionar. Da náuseas, y sin embargo engancha"
on motivo de la exposición que presenté en la galería Ármaga, titulada Éter, escribí unas líneas para el tarjetón. Incluirlas ahora en Territorio podría ser ilustrativo, aunque sólo fuera para darle pistas del modus operandi al lector. «Muestro, en esta entrañable sala de Asun y Marga, algunas de mis primeras fotografías, ya añejas, mezcladas con otras tiradas hoy mismo. Esto da suficiente perspectiva para comprobar que en esencia uno nunca cambia, aunque lo intente y pese al torpedo imparable del tiempo. Podemos tomar atajos o demorarnos en laberintos, siempre prevalecerá la misma sustancia.

Permanezco en la brecha del cuarto oscuro, fiel a la química de reveladores y fijadores. Incondicional de los carretes y las placas, de la ampliadora, de la gelatina de plata sobre papel baritado. En definitiva, adicto a esa alquimia que transmuta luz en imagen. No obstante la experiencia acumulada en años de trabajo, sigue fascinándome la primera visión del positivo tras apagar el foco rojo y encender el blanco. Parece obra de milagro. La magia de toda esta parafernalia, consiste en que hasta el último instante desconoces el resultado. Y a fin de cuentas, las más de las veces sólo uno sabe apreciarlo, es consciente del sueño que persigue, tan imponderable como el éter».

La fotografía analógica apesta, si nos atenemos al jaleo de chismes y químicos imprescindibles para funcionar. Da náuseas, y sin embargo engancha, es como la vida misma. Técnicamente es un proceso retorcido, sin parangón en ningún otro arte; para colmo de complicaciones, muchos la ponen en cuarentena como tal, situándola más bien pareja a la artesanía. La degradan por mala leche y oscurantismo, ignorando que el matiz carece de importancia, cuando lo sustancial es su vasto campo de creatividad.

La alquimia de capturar luz en sales de plata, de apresar en papel un instante de realidad. En el cuarto oscuro todo va al revés, es un proceso antagónico. Huir de la luz, he aquí la paradoja, para dejar constancia de la propia luz. Lo negro es blanco, lo blanco es negro. Si deseas hacer un positivo, necesitas un negativo. Alguna gente sensible rechaza que la retraten porque temen les roben el alma. Tienen toda la razón. El alma de las personas y de las cosas queda presa en el negativo, aunque sólo excepcionalmente aflora luego en el papel.

Meterse en el cuarto oscuro es entrar a mazmorras, encadenado a grilletes. También cierto, en el cuarto oscuro uno ingresa de profeso, en acto de contrición. Tras el estudio de sombras y luces en exteriores, tras el encuadre, el enfoque, el cálculo de diafragma y el disparo del obturador, donde se baten verdaderamente las fuerzas es en la ultratumba del cuarto oscuro. Si diseccionamos una obra digna, hemos de señalar que el setenta por ciento de su calidad ha fermentado primeramente en el ojo, el resto ha recocido después en el laboratorio, aportando la tecnología –mecánica, óptica- apenas nada, como demuestran aquellas incipientes obras maestras conseguidas con un cajón agujereado.

La ingeniería de la industria fotográfica, tiene gran semejanza con la de las pompas fúnebres. En este mundillo, abundan los enamoramientos hacia la quincalla más que hacia la imagen. El flechazo de las rubias del norte, esas máquinas de anchas caderas y tetas prominentes marca Sinar, Hasselblad, Leica, a las que sus propietarios lustran, sacan de paseo en domingo, e incluso bautizan. Es enamorarse de las maderas nobles, de los herrajes del ataúd, en detrimento de la muerte insondable, porque prometen que un ataúd de postín hace mejores cenizas.
El ojo observa, el cerebro concibe, pero es la mano la que piensa. Hacer fotografía es meterse en el laboratorio, parte inexcusable, rutina ineludible. Lo otro son sucedáneos, inercia de marketing, un engañarse a sí mismo. Es pecado, dejar que extraños manipulen tu visión, es como celebrar nupcias con la bella para que un bizco le eche los polvos.

La fotografía analógica es farragosa, ya digo. Tantos inconvenientes y obstáculos a salvar, la mayoría de las veces para obtener resultados decepcionantes. Comparando sistemas, por ejemplo con simples carbones han plasmado genialidades hasta en las paredes de las cavernas. En la fotografía todo se complica. De entrada, no tienes mucho margen para jugar con la imaginación en una instantánea de milisegundo, quizás en esto radica su grandeza. Requiere práctica, constancia, fe. En el cuarto oscuro no queda otra que apañarte con lo que tienes, casi siempre poco, dadas las circunstancias. Sacarle el máximo partido a ese material inapropiado, experimentar. Obcecarse y caer. Dejarlo por imposible. Intentarlo de nuevo. Tirar la toalla, abandonar. Deprimirse. Resucitar la propia carroña. Reincidir en este desequilibrio que da sentido a la vida, porque es la única tabla de salvación.

Bembibre, mayo de 2012.
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