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Elena Santiago, la leonesa que quería ser querida en León

Elena Santiago, la leonesa que quería ser querida en León

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Fulgencio Fernández | 03/01/2021 A A
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Elena Santiago, la leonesa que quería ser querida en León
Obituario La escritora Elena Santiago, una de las voces más singulares de la literatura leonesa, falleció a los 79 años en Valladolid. Era natural de Veguellina, donde pasó su infancia y regresaba con frecuencia
Vaya por delante, lo que León y, sobre todo, las tierras del Órbigo ha perdido con la muerte de Elena Santiago es a una gran escritora. Una de las grandes de las letras leonesas, que no es decir poco, pero también a una mujer muy especial, de una sensibilidad que se le veía mejor que los llamativos bucles de su pelo y una leonesa que no escondía que quería «que me quieran en mi tierra»; tal vez por ello, el día que más emocionada encontré a Elena Santiago fue aquel día de 1991 que acudió a su Veguellina de Órbigo natal para inaugurar la plaza que desde entonces lleva su nombre.

No escondía Elena Santiago que el hecho de vivir en Valladolid la mantenía algo alejada del resto de escritores leoneses —repartidos fundamentalmente entre Madrid y León— , de la prensa de su tierra y de su León. «Parece una tontería pero me gusta que me quieran en mi casa».

Sabía que la querían, era muy difícil no hacerlo. Y más cuando le escuchabas aquellas historias de su infancia en Veguellina, el piano de su casa, los juegos, su forma de encarar la vida, que no contaba en verso pero sí era poesía. «La primera palabra que tomaría con ambas manos, fue al comprender que en el tejado de la casa había entre tejas muy antiguas, una que alguien nos dijo que era una estrella. Brillaba muy quieta, esperándonos. Sin dar la espalda en ningún instante. Sí, éramos dueños de aquella estrella: ¿estábamos viviendo muy cerca del cielo? Estábamos. Y el viento nunca nos la arrancó para llevársela».

Era una niña de Veguellina de Órbigo y su primer desengaño fue alejarse de aquel pueblo. «Me asomé a la vida y fui con 6 años a la escuela tres años, y a los nueve a un colegio donde aprendí el miedo y la tristeza al no estar con la familia. Y seguiría interesada por cuanto fuesen Letras y Pintar. Dudaba entre ser médico, como mi padre, o profesora de cuentos y perdió la medicina».

La pintura fue su otra afición, compartida con su hermano, un reconocido pintor. Desde el Madrid de sus estudios se trasladó a Valladolid, donde ya la literatura se instaló en su vida. Para la publicación de sus primeras novelas acudió a ese camino ‘natural’ que son los premios. En 1977 con La oscuridad somos nosotros ganó el Premio Ciudad de Irún y tres años más tarde obtiene su segundo galardón con Ácidos días, el Novelas y Cuentos, de evidente prestigio en aquellos tiempos y que para Elena Santiago tenía algo de especial y de nuevo desengaño. «Fue una alegría inmensa pues lo habían ganado leoneses como Antonio Pereira, Luis Mateo Diez o José María Merino, a los que tanto admiraba... me parecía una señal del cielo y, sin embargo, la mala suerte hizo que desapareciera el premio y parte de mis sueños», explicaba la leonesa en una vieja entrevista en la desaparecida La Crónica de León (1989). Tenía además «mucha fe» en aquella novela en la que, explicaba, «no diría que es autobiográfica pero sí muy personal pues giraba en torno a dos polos, aquella feliz y fascinante infancia rural y una cierta desazón, tal vez desencanto, de mi madurez urbana».

Siguieron varios premios (ver el artículo de Natalia Álvarez en la página siguiente) y era evidente que había una excelente novelista en Elena Santiago que, como su amigo Pereira, también recordaba siempre su paso por la poesía antes de ser una reconocida cuentista. Pero al hablar de los galardones siempre matizaba: «El primero que gané fue el Ciudad de León, en 1970».

— Yo que quería ser pájaro o ángel cuando fuese mayor para no romper los calcetines, acabé siendo escritora desde los 11 años seducida por la imaginación y la palabra. Busqué y sigo buscando el pulso necesario, la intensidad y la fascinación, para convivir con unos personajes de lágrimas y realidad, envueltos en algunas nieblas; le explicaba a Michèl Muncy en ‘ Conversaciones con Elena Santiago’.

Ésa era ella. Escritora de raza. Una voz muy personal y una pasión. Siempre a caballo entre dos palabras que marcaron su andadura: Imaginación y sensibilidad, los dos adjetivos en los que coincidieron todos los críticos cuando en 2015, después de años de silencio, publicó ‘Nunca el olvido’. Era inevitable preguntarle por su silencio y, como siempre, Elena Santiago abrió su corazón: «Han sido años duros, muy difíciles, en los que ha estado presente mi mala salud y he mantenido esa necesidad vital de escribir con afanes que no me supusieran tanto esfuerzo, cuentos, artículos... pero escribiendo pues lo necesito como el respirar, igual que leer, también imprescindible».

Y leerla a ella el mejor homenaje.
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