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El tiempo se paró en Valdefuentes

El tiempo se paró en Valdefuentes

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Rafael, vecino de Valdefuentes, tiene 62 años y vive \ Ampliar imagen Rafael, vecino de Valdefuentes, tiene 62 años y vive \"muy a gusto\" en el pueblo con su mujer. | REPORTAJE FOTOGRÁFICO DE MAURICIO PEÑA
T. Giganto | 13/05/2018 A A
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El tiempo se paró en Valdefuentes
Comarcas Este núcleo de población pertenece a Valderas y en él resisten media docena de vecinos. Lo hacen por elección propia. Sin asfalto, ni alumbrado, ni agua corriente
No se sabe cuándo se pararon los relojes en Valdefuentes. Ni idea de cuál fue el día en el que dejaron de pasarse las páginas de los anaqueles que presidían las salitas de estar de sus casas. En algún momento dejó de importar qué día y qué hora era allí, pero la vida siguió. Lo hizo entre barro, con noches sin luz y con jarras que se llenan con el agua del pozo. A su alrededor, solo silencio.

En la carretera que une Valderas con Becilla de Valderaduey, a apenas cuatro kilómetros de la localidad valderense, se encuentra el cartel que señaliza Valdefuentes, aunque lo primero que se ve antes que el nombre de la señal es la majestuosa iglesia que se levanta por encima del resto de edificios del pueblo. Su torre de piedra sobrevive sin apenas techumbre y las arcadas de sus muros hablan de un anterior edificio a lo que queda del actual. Ahora solo hay misa una vez al año por San Isidoro, su patrón. En lo alto de uno de los muros del templo, hecho a base de cemento, hay un año escrito: 1955. Quién sabe si fue entonces cuando se paró el tiempo.

El pueblo depende de Valderas, Ayuntamiento al que pagan la contribución y donde votan en elecciones La entrada al pueblo ya deja entrever lo que en realidad es: barro. El de sus calles, el de sus casas, el de sus ruinas entre las que despuntan las viejas vigas de madera que en su día fueron el caparazón de las historias de quienes allí vivieron. No fueron pocos ya que cuentan que hubo escuelas y que «habría una treintena de chavales» pero de ellas hoy solo queda un montículo que da fe de que allí hubo un edificio. Entre los vecinos no dan con el año exacto en el que se cerró por última vez aquella puerta que ya ni siquiera está.

En Valdefuentes no hay aceras, y nunca las hubo como tampoco nunca ha tocado la brea su suelo. Ni pavimentación, ni red de abastecimiento y saneamiento. Tampoco alcantarillado. No hay equipamiento de ningún tipo. Papeleras y bancos, no constan. Ni hay pedanía ni junta vecinal. Nadie recuerda desde cuando. Así se recoge ahora en las normas urbanísticas de Valderas, municipio bajo cuyo paraguas se encuentra este núcleo de población. Es a este Ayuntamiento al que por lo tanto pagan la contribución, el único impuesto que tienen los vecinos, y al que acuden a votar cada vez que hay cita con las urnas. Aunque a quienes votan nunca se han preocupado de Valdefuentes.

La localidad ha quedado al margen de todo, también de esas subvenciones que anunciadas a bombo y platillo lo mismo llevan a un pueblo hormigón, que un teatro de calle o unos albañiles a retejar la iglesia. Ni la Wikipedia hace justicia con sus vecinos, que dice que el pueblo está deshabitado dejando también al margen del mundo 2.0 a Valdefuentes.

Los hay y son media docena. Uno de ellos siega con una pequeña hoz la alfalfa y ni quiere decir cómo se llama ni quiere salir en las fotos. Pero no dice que no a un rato de charla pausada, con silencios prolongados entre las frases que evidencian que entre los vecinos no habita la prisa.

–Mira, aquí se vive bien. En las casas sí tenemos luz, y también cada uno tiene su pozo. Doy al grifo y sale agua igual que en un piso en León pero mejor todavía porque allí beben mucha mierda y aquí está todo bien. Y es que yo bebo agua del pozo pero vosotros la bebéis del pantano y eso es malísimo. Esto no lo arreglan porque somos pocos. ¿Tú sabes lo que cuesta arreglar esto? Una pila de millones. Muchos se han muerto y otros se han ido pero yo vivo aquí solo y estoy muy bien. Hay días que voy hasta dos veces en bicicleta hasta Valderas. Aquí ni hay ruidos ni hay nada.
– Ni bar.
– ¿Un bar? ¿Y quién iba a ir, hija? Se arruinaba. Tú mira que la Unión de Campos es grande y no tiene bar...

«Aquí lo único malo es que sales por la noche y tienes que andar con la linterna, claro, porque cuando no hay luna no se ve de aquí a allí», dice el paisano señalando la casa que hay a dos pasos frente a su finca.

– Le dejamos que siga con la faena.
– Aquí había mucha gente, ¿eh? No te creas que esto siempre ha sido así, ¿eh? Lo que pasa es que se han comprado casa en Valderas y allí lo tienen todo. Pero no vayáis a poner que aquí se vive mal, que eso es mentira. El caso es tener salud.

Cuentan que el pueblo llegó a tener escuelas con una treintena de alumnos. Hoy no queda ni el edificio Más abajo, poco antes del reguero a donde van a parar las aguas sucias del pueblo, destacan las chapas de una nave entre el barro. Es el Centro Ecuestre de Álvaro Carriedo, un joven valderense que desarrolla su actividad económica en la localidad y que sí tiene un discurso reivindicativo con la situación que viven. «He adecentado alguna calle y también he limpiado el reguero porque es que aquí en agosto no hay quien pare con el mal olor», lamenta. Reconoce que ha llamado a unas cuantas puertas «para ver qué pasa con esto», pero Valdefuentes está al margen. Como él, otros dos pastores trabajan en el pueblo, pero no duermen allí.

El que sí lo hace es Rafael, que rellena la regadera con agua del pozo que va a echar a los semilleros que guarda en un pequeño invernadero. Tiene 62 años y vive en Valdefuentes con su mujer, cuenta mientras rellena de nuevo la regadera. «Aquí antes vivía más gente pero se han ido para Valderas o a trabajar fuera», dice. Él trabajó 30 años en la citada localidad vecina, pero ahora ya está jubilado. «Así estamos bien, y no hay que pagar mucho impuesto. Mira, siendo tan pocos no discutimos con nadie», explica riéndose. Cierra la puerta del huerto y enfila el camino de vuelta a casa por el que se ve que recientemente acaban de pasar las ovejas camino de la sala de ordeño, que ya es la hora, aunque el tiempo se haya parado. Lo dice el sol que comienza a caer mientras convierte en dorado el barro con su luz de atardecer.

Los habitantes de Valdefuentes lo son por elección. Su vida podría ser más cómoda en Valderas o en cualquier otro lugar, pero resisten. A pesar del barro, del polvo y del silencio. Hasta que llegue un día en el que se conviertan en recuerdo. Como lo son quienes descansan en el Cementerio Municipal que hay del otro lado de la carretera, frente al pueblo. Un lugar adecentado, con unos pocos panteones, varias tumbas con cruces de forja clavadas en la propia tierra y media docena de nichos nuevos y aún vacíos. Como si Valdefuentes tuviese ya firmada su sentencia de muerte... Eso sí, resisten. Y hay flores frescas. Se ve que hay quien no olvida de donde viene.
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