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El saloncito de tía Reme

El saloncito de tía Reme

OPINIóN IR

07/03/2021 A A
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El saloncito de tía Reme
Mi tía Reme plantaba cacharritos y mantelitos bordados sobre todos los aparadores, estantes, mesas y mesitas de su casa. Tenía tan lleno el cuarto de estar que apenas podías estar. En aquel ‘bric-à-brac’ tumultuoso había de todo y, aunque por separado ciertos objetos pudieran exculparse, el conjunto atosigaba con un mal gusto que mi tía sobrevolaba sin la ironía de lo ‘vintage’, ironía que ella reservaba para sus coloquios vecinales.

Dispuesto a todo por hacer de Ordoño II la salita de estar de la ciudad, nuestro ayuntamiento estaciona fruslerías de mesa-camilla en un ejercicio de modernidad cursi y, por supuesto, de mucho e histórico legado. De la falta de proyecto de ciudad a menudo habla la falta de medida en los detalles. Después de pintarrajear el asfalto como si así mejorase, se abarrotan las aceras de chismes de repisa de chimenea. Baratijas que en algún otro lugar y con mucha dispersión quizás conservaran cierto decoro o al menos fueran menos advertidas, pero que reunidas en muestrario de bazar provocan el sonrojo que nos subía al rostro cuando nuestra querida tía Reme nos regalaba un cacharrito para ponerlo en casa. En ese vía crucis peatonal se colocarán, dicen, esculturas que, independientemente de su calidad y por su mera reunión callejera han de comportarse como un desparrame de mercadillo, junto a las jardineras daltónicas, farolas isabelinas, señales e indicadores, pérgolas y alcorques, publicidades y demás bártulos que embarazan el paso y confunden el paseo con cargante disonancia y multiplicación. Y, por supuesto, esos figurantes reyes leoneses convertidos en rancia marca de la casa, que son a León como los cuadritos de ciervos y las figuritas de folclóricas a mi tía, faralaes según la tercera acepción del diccionario («adorno excesivo y de mal gusto»). Los eméritos adoptan aquí forma de monolitos con ese aire necropolitano que revive el ‘kitsch’ habitual en los cementerios españoles. Freudianamente, este afán por la moribundia tiene una lectura sencilla en una ciudad que se resigna a hacer gala de su momificación.

Van faltando los lugares públicos carentes de cachivaches elevados a la menor oportunidad para honrar al más pintado y pinturero con efigie de bronce, caliza o similar material sub ‘specie aeternitatis’. En la plaza de San Marcelo varios monarcas se enfurruñan muy monárquicamente y un broncíneo y fiero león ¡sale de una alcantarilla! No hay palabras. Le hacen a uno añorar las ‘plazas duras’ ya que los arbolitos y el verde se van proscribiendo hasta de los pueblos. El que quiera verde que vaya al campo y margaritas a los etcétera.

Un gusto pequeño burgués y presuntuoso se cuece en toda esta parafernalia doméstica de familia bien o con pretensiones, como solían ser las benditas tías ancianas de aquella. Quería mucho a mi tía Reme, pero su gusto ornamental me espeluznaba. Sigue haciéndolo.
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