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El reloj de cocina en forma de gallina

El reloj de cocina en forma de gallina

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Ana Pérez Pastrana | 02/08/2020 A A
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El reloj de cocina en forma de gallina
Taller de Relatos A través de un estilo ágil y desenfadado, la autora nos devuelve al mundo universitario, con un personaje que nos cautiva por lo que tiene de singular. Con sensibilidad y humor, la autora de este relato nos deja un poso de añoranza y ternura
El profesor Faustino López se encontraba en su despacho de la universidad preparando la clase inaugural del nuevo curso académico. Comenzó el ritual que solía repetir cada inicio de curso desde hacía ya más de veinte años: se recostaba en la confortable silla de su escritorio, ponía el ordenador en marcha y encendía un cigarrillo para descargar la tensión acumulada durante la reunión del claustro que acababa de terminar. En una hora volvería a encontrarse con la chavalería del primer curso aún a medio camino entre la adolescencia pecaminosa y la insensata vida adulta recién alcanzada.

Se tocó la barba y pensó con qué contenido les sorprendería en la primera clase de antropología. Se decidió por un texto un tanto provocativo del antropólogo Marvin Harris sobre el origen del raciocinio del ser humano, imprimió unas cuantas copias, antes de ponerse la chaqueta y coger un extraño objeto en forma de gallina. Acto seguido, salió del despacho rumbo al aula en la que le esperaban unos jóvenes expectantes.

Una de esas jóvenes era Susana, una chica de familia acomodada que estaba muy nerviosa por la primera clase universitaria a la que asistía. ¿Cómo sería el profesor López? ¿Sería joven? ¿Más maduro? ¿Intelectual? ¿Cascarrabias? En breves minutos saldría de dudas.

El profesor Faustino López entró en el aula con las prisas de un cirujano que estuviera a punto de traspasar las puertas de un quirófano para realizar una operación a vida o muerte; tropezó con la tarima a la que debía subirse para alcanzar su mesa y de puro milagro no se comió el encerado que estaba colocado en la pared. Tras mesarse nerviosamente el pelo, depositó todos sus papeles en la mesa, entre ellos un objeto en forma de gallina, que a Susana le causó risa. A continuación, se dirigió a la clase con una gran sonrisa, que dejaba al descubierto unos amarillentos dientes muy maltratados por el tabaco y la falta de limpieza. «Buenos días chicos y chicas, me llamo Faustino López y soy vuestro profesor de antropología cultural», se presentó con aquella cara de chiste y su voz singular, haciendo unos ruiditos que llamaban la atención, mientras su mano derecha dibujaba un semicírculo entre la ceja y la boca que recordaba a los hippies en 1960. «Durante este curso nos vamos a divertir desentrañando el comportamiento y las costumbres de los seres humanos», añadió, a la vez que gesticulaba con la mano haciendo aquellos semicírculos característicos, que tan bien lo identificaban. «Esta gallina que veis aquí –cogió el objeto de la mesa del profesor– es el reloj que utilizo para cocinar en mi casa y aquí el que me dirá lo que tardo en cocinar las clases, lo programaré todas las clases al entrar para que me avise cuando terminan y así dejar de hablar, pero resultará complicado porque a mí me encanta hablar», se sonreía, acompañado de su particular gesto con la mano derecha.

Susana se encontraba estupefacta. No daba crédito a lo que estaba viendo. El profesor López era en apariencia el típico profesor universitario desaliñado, con el cabello teñido de color negro aunque la barba la conservaba en su estado natural, con algunas canas. Aquel hombre olía, o mejor dicho atufaba a Varón Dandy; vestía blazer de cuadros, camisa azul, pantalones de traje algo desgastados y zapatos ortopédicos de alguien al que le costara caminar. Sin embargo, su primera intervención había dejado a Susana sin palabras; parecía un ventrílocuo que practicara ese arte consigo mismo y además posaba para ser grabado. Todo un espectáculo, digno de ser contemplado.

El profesor López comenzó a repartir los documentos de Marvin Harris e impartió una de sus mejores clases consiguiendo que todo el grupo quedase alucinado, incluida Susana, por supuesto. Lo que nos les quedó claro es si había sido por la clase en sí misma o bien por la extravagante personalidad del profesor.

Susana estaba acabando de realizar la tarea, que le había encomendado el profesor López, cuando se sobresaltó al oír un pitido: «¡el pollo ya está listo, quítalo del fuego!». Era en efecto el reloj de cocina, que el profesor había colocado en su mesa, quien estaba avisando de que la primera clase de antropología había llegado a su fin.

Las clases de antropología cultural a lo largo del curso se fueron desarrollando de una manera similar. Y Susana se sentía cautivada por el tono agudo de la voz de su profesor, por su penetrante mirada de ojos azules y también por su continua manera de reírse. El profesor López solía decir que había que reír más porque la vida a veces se pone demasiado transcendental sin que hubiera un motivo real para ello.

Sin embargo, a finales de curso ocurrió algo inesperado. El profesor López faltó a dos de sus clases debido a controles médicos, y cuando regresó ya no era el mismo, aunque seguía riéndose sin parar. Se le notaba su mirada perdida y su mordacidad había casi desaparecido. Le costaba un mundo hacer su ya característico gesto con la mano derecha de semicírculo entre la ceja y la boca. Ahora se le acumulaba la baba en la comisura de los labios y la tristeza en la expresión.

En su última clase, reveló que sufría una enfermedad degenerativa recién detectada, que padecía esclerosis múltiple, lo que, según él, lo iría agotando poco a poco. Nos lo dijo con su amplia risa y una voz menos aguda a la que tenía acostumbrada a la clase.

Susana se quedó sobrecogida. No lograba reponerse de aquel duro golpe. No obstante, sabía que aquel profesor había calado hondo en su vida. Y le resultaba admirable la manera en que había encarado la enfermedad, siempre con una sonrisa en el rostro, en la mirada, porque, aunque esta vez sí que había una razón trascendental para estar triste, el profesor Faustino no había conseguido que lo matara la tristeza.

Relato del Taller de composición que imparte Manuel Cuenya en la Universidad de León.
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