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"El pueblo de la gente pausada, generosa y respetuosa"

"El pueblo de la gente pausada, generosa y respetuosa"

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Fulgencio Fernández | 24/11/2019 A A
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"El pueblo de la gente pausada, generosa y respetuosa"
Historias de la despoblación El escritor Suso Mourelo pasó varios meses viviendo en pueblos de menos de 100 habitantes para contarlo en su libro ‘La naturaleza del silencio’, uno de esos pueblos fue Audanzas
La España vacía, como expresión, nació en la literatura y en ella sigue teniendo un refugio. El último en escribir sobre ella es Suso Mourelo, que acaba de publicar ‘La naturaleza del silencio’, fruto de una estancia de varios meses viviendo en cuatro pequeños pueblos de esa España vacía, uno de ellos el leonés Audanzas del Valle. «Embarcarme en esta historia en parte fue un proyecto literario. Llevo veinte años viajando y viviendo en distintos países y escribiendo sobre ellos. Y sentí que era el momento de hacer algo parecido -aunque distinto, pues no sería un viaje sino una sucesión de estancias en cuatro pueblos-, en España. Pero, en realidad, esa era la excusa: al poco de partir comprendí que lo que deseaba era conocer la vida en pueblos pequeños y ser yo mismo parte de un pueblo y de su entorno, de escuchar el silencio. Es decir, era una búsqueda personal, una experiencia vital más que literaria».

- ¿Siempre salió bien?
- En general, sí. Vivir en pueblos de menos de cien habitantes obliga a convivir con pocas personas y a escucharse a uno mismo. Y a mí me encanta escuchar a la gente, a todo tipo de personas, y conocer sus historias. Y muchos días los pasé en soledad, sin hablar con nadie, caminando por el monte, en busca de ese silencio, algo que no se puede hacer en la ciudad o en unas vacaciones. Y fue gratificante: alguna vez fue duro, alguna vez deseé hablar con alguien concreto y era imposible, y en uno de los lugares sentí tristeza por algunos de sus habitantes, que estaban solos pero no habían elegido la soledad, y esa tristeza se me pegó. Pero fue enriquecedor.

Los pueblos elegidos por Mourelo fueron Higuera, El Centenillo, Aragües; pueblos de diferentes puntos de España y Audanzas en León. El escritor explica que «antes de partir no tenía idea de a que pueblos iría, así que les conté el proyecto a los amigos, dibujé un círculo en el mapa de España y busqué cuatro lugares que estuvieran lejos de las ciudades grandes y que tuvieran menos de cien habitantes reales, con independencia de lo que dijera el censo. Así fueron surgiendo. Una amiga es de la zona y le pregunté si podía ir a la vieja casa familiar, pero estaba inhabitable. Habló con su familia y me buscaron una casa en Audanzas; me preguntaron qué me parecía y les dije que magnífico. No conocía el pueblo, aunque la zona sí: había pasado muchas veces cerca, de camino, entre Galicia y Madrid, los dos lugares en España en los que he vivido, y con frecuencia había parado por los pueblos cercanos».

Y así llegó a este pueblo leonés, al que dedica el cuarto y último capítulo de su libro y que ha titulado con el poético nombre de ‘Bajo una luz de oro. «Llegué a Audanzas en verano, cuando la luz de agosto cambiaba y era menos intensa. Cada día, el sol de la tarde se reflejaba en las casas de adobe con un color dorado. A veces, en la plaza o en la calle, después de un paseo por el campo, me quedaba mucho tiempo viendo ese color precioso que se posaba en las paredes y mutaba, lentamente, del amarillo al rojizo. Era como un lienzo de oro viejo, más a medida que pasaban los días y llegaba el otoño. Audanzas se me antojaba como un lugar regado por una especie de chorro mágico, que recogía al pueblo. Ese mismo color era que el inundaba una vieja bodega, a las afueras del pueblo, que yo había convertido en mi cabaña».

Y en medio de sol de oro se encontró Suso Mourelo, con una vida cotidiana que se reduce a unas pocas familias, unas charlas en el bar, algún vecino, un lugar donde él mismo dice que una niña es una rareza. Y, sin embargo, «la adaptación fue muy sencilla. Había pasado medio año ya en otros pueblos, cada uno con un carácter distinto, y sentía una gran tranquilidad tras el viaje. Había conocido a mucha gente, había paseado por montañas y valles, me había probado a mí mismo y mi vida en soledad, y Audanzas fue el lugar idóneo para el fin del viaje: era más pequeño que los otros, y la gente pausada, respetuosa y generosa. No necesitaba hablar ya con mucha gente y no tenía que buscar trabajo allí, solo ver y escuchar, así que todo era sencillo».

- ¿Qué vecino de ese pueblo o qué situación le marcó más, le llegó?
- Julio, el propietario del bar. Había visto cómo el pueblo había ido perdiendo vida: primero las viñas y luego la gente; había cerrado la tienda que tenía con su mujer porque ya nadie compraba… pero él seguía yendo cada noche a cenar a su bodega. Era un hombre conversador y generoso, capaz de amoldarse a cualquier persona. Muchas noches paseábamos juntos, con sus perros, entre campos de maíz. Y Javi, un agricultor con increíble carisma, que tras muchos años de lucha había conseguido que el agua llegara a los pueblos del entorno, lo que los había salvado.

Reconoce Suso Mourelo que Audanzas dejó poso en su alma, que cuando llegó le impresionó la imagen «de entrar en un pueblo humilde y lleno de quietud. Que era, exactamente, lo que me vendría bien para acabar el recorrido. El silencio estaba fuera, en la naturaleza, pero lo tenía en el pueblo sin necesidad de ir a buscarlo». Y pasados varios meses en Audanzas recuerda otra impresión: «Sentí una leve tristeza, doble: por dejar Audanzas, donde me sentí tan bien, y por acabar el periplo por los pueblos, es decir, un tiempo de mi vida. Pero, al tiempo, la satisfacción de haber estado en un lugar generoso al que volveré».

Y como telón de fondo esa España vaciada y ese León aún más vaciado ¿Le ve futuro Mourelo? «No lo veo fácil, aunque no soy sociólogo ni adivino. En algunos, más que en otros. En todos me decían que una vez que no hay escuela, el pueblo comienza a despedirse: si hay niños, sus padres se van a otro lugar donde puedan estudiar. Creo que algunos se convertirán en pueblos turísticos y, la mayoría, en lugares de fin de semana y vacaciones. No sé cuál es la forma de revertir la despoblación, aunque hay dos cosas necesarias para que un pueblo tenga vida: que haya trabajo en él o cerca, y que haya políticas para las familias que tienen hijos en edad escolar. Pero es posible que a algunos lleguen nuevos pobladores y se recuperen».

- ¿Le gustan las expresiones España vacía o vaciada?
- Me parece que la primera, vacía, tras el gran magnífico libro de Sergio del Molino, ha servido para que mucha gente conozca el problema de la despoblación, y eso es el primer paso para cambiar la situación. A mí me gusta más la palabra despoblada, que me parece menos triste y más humana, pero no tiene tanta fuerza; y, que existan demasiados nombres, me parece que contribuye a crear confusión.
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